7 de diciembre de 2010

23 de septiembre de 2010

Reseña en el suplemento «Ciberp@ís» en EL PAÍS

Hoy EL PAÍS, en las páginas de su suplemento «Ciberp@ís» ha tenido la amabilidad de incluir una reseña de mi blog «Planeta Q». Captura va:

16 de agosto de 2010

[Capítulo 1] Los colores del cielo


De pequeños somos especialmente impresionables, pero durante el transcurso de la vida vamos desarrollando resistencias ante la sorpresa, nos endurecemos ante lo maravilloso.

Recuerdo en mi infancia a aquel niño que fui, sentado en el pupitre de la escuela. El maestro nos indicó que teníamos que dibujar un paisaje. 

Ante esta tesitura tracé una raya horizontal para dividir cielo y tierra. Sobre la misma edifiqué una casa de campo, con su altillo con un circulito que representaba una ventana redonda, abajo una puerta principal de entrada, una chimenea –con su humo- en el tejado y unos ventanales rectangulares. 

A ambos lados de la casa, pero también sobre la línea del horizonte dibujé unos grandes árboles, primero un grueso tronco del que se bifurcaban tres ramas, una central y dos laterales, alrededor de las cuales nacían unas curvas que iban envolviendo la parte superior –con un gran volumen- y que representaban las hojas sin ningún detalle.

El paisaje lo completé colocando unas cumbres montañosas al fondo, a la derecha, con sus picos nevados, cinco o seis. El lado izquierdo –que quedaba más vacío- lo rellené dibujando un sol, con sus rayos luminosos simbolizados por unas rectas, una grande y una pequeña, una grande y una pequeña, y así todo en torno a ese gran sol del ángulo superior izquierdo. Más a su derecha coloqué unas nubes, por rellenar.

Y por fin un detalle para completar la mitad inferior del horizonte: de la puerta de la casa nacía un caminito que iba serpenteando hasta perderse por la parte baja del folio, haciéndose cada vez más ancho para dar una cierta sensación de profundidad.
 
Una vez acabada la tarea el profesor nos dijo que coloreásemos nuestros dibujos.
 
El caminito lo pinté de color marrón, como la tierra. Todo a su alrededor era verde, la hierba. El sol era amarillo. Las nubes las pinté grises. La casa de blanco quedaba bien, aunque la puerta era marrón, como los troncos de los árboles cuyas hojas eran verdes. Las montañas también iban en marrón, excepto las cumbres nevadas que las dejé blancas.

Sólo me quedaba por colorear el cielo. Allí metido dentro del aula no podía ver el color del cielo y no conseguía recordarlo.
 
De noche era negro y en los atardeceres naranja, ¿pero de qué color era durante el día? Tras pensarlo un rato tomé la determinación de que, dado que era muy luminoso y que el sol era amarillo, el cielo también había de ser amarillo, aunque no tan amarillo como el sol, claro. Así que me puse a colorear el cielo de amarillo.
 
En ello estaba cuando mi compañero de pupitre me dijo que el cielo era azul. Me costaba creerlo, pero miré su dibujo y su cielo azul parecía más real que mi cielo amarillo. No obstante me quedé con la duda.
 
Aún hoy, tantos años después, recuerdo que nada más salir de clase miré al cielo. Y aquella fue una de mis primeras grandes sorpresas en la vida...  era cierto: el cielo era azul y hasta ese momento yo no había sido consciente de ello.
 
Mi compañero de pupitre me vio cómo contemplaba asombrado su cielo azul y riéndose de mí me propinó una sonora colleja:
- ¿Ves, tonto, como es azul?

Cuánto me gustaría encontrarme de nuevo hoy en día con aquel compañero del colegio y devolverle su colleja demostrándole que mi cielo amarillo no era tan descabellado como él pensaba. No al menos en otros planetas...

[Capítulo 2] Cómo conocí a A.

Recuerdo bien el día que Aquilino llegó al Sanatorio Psiquiátrico en el que yo estaba internado. Cuando vi que venía al pabellón de suicidas no podía creerlo, aquel tipo no tenía en absoluto pinta de querer acabar con su vida, aunque contaba con un buen motivo para hacerlo: acababan de fallecer en un accidente de tráfico su mujer y su hija pequeña.


Aquilino -le llamaremos así aunque tiene varios nombres- enseguida se convirtió en el Jack Nicholson de nuestro manicomio y pronto nos hicimos muy amigos, quizá porque se percató de que yo también era un suicida impostor.
Puedo imaginarme la conversación con el doctor a su ingreso:

-¿Y si dice usted que sabía que no lograría suicidarse por qué lo intentó de nuevo?- le preguntaría el psiquiatra.
 
-Pues, la verdad, no estoy muy seguro... quizá para llamar la atención de mi madre.
 
-Su madre. Pero en su ficha no consta que usted tenga familia alguna. Bueno, familia viva, tras el trágico accidente...
 
-Pues sí, mi madre vive aunque yo no se lo haya mencionado jamás a nadie. No es que me avergüence de ella, simplemente es que nadie debía saberlo. De haber hablado de ella ya me habrían internado anteriormente en este u otro sanatorio. Pero, bueno, ahora que ya soy un loco oficial me da igual hablar de ella.
 
-¿Qué tiene de extraño que hable de su madre?
 
-Digamos que es muy peculiar
 
-¿De qué tipo de peculiaridad estamos hablando?
 
-Verá, ella no es como nosotros, ni siquiera vive aquí.
 
-¿Se refiere a que su madre es, tal vez, extranjera?
 
-Sí, podríamos decirlo así, bastante extranjera.
 
-¿Y qué tiene contra su madre para llamar su atención de una manera tan extrema, tan inapropiada?
 
-Pues, doctor, sé que ella me dio la vida y bien que se lo agradezco, pero ella es también la que me niega la muerte.
 
    El psiquiatra, pese a que debía estar acostumbrado a escuchar todo tipo de fabulaciones y de majaderías, me figuro que trataría de componer su mejor rostro de asombro.
 
-¿Cómo puede ella negarle la muerte? No lo entiendo.
 
-Está bien, se lo contaré sin rodeos: mi madre es una diosa que hace dieciséis mil y pico años -he perdido la cuenta- copuló con un humano y fruto de esa unión nací yo. Y dada mi condición de semidiós -y en tanto que los dioses no decidan otra cosa- yo también soy inmortal.
 
-Pero eso –le diría el terapeuta- es estupendo. ¿Por qué alguien no querría ser inmortal?
 
-Ya, claro, entiendo sus objeciones. Al principio es muy alucinante, sí, pero como le he dicho tengo más de dieciséis mil años. ¿Se imagina vivir durante ciento dieciséis siglos viendo cómo -generación tras generación- van desapareciendo sus seres queridos? Ya llevaba varios siglos sin atreverme a entablar una relación sentimental duradera, hasta ahora. Me costó mucho comprometerme con mi última mujer, pero era tan feliz a su lado y con la niña... yo simplemente quería envejecer junto a ellas.
 
-Entiendo. El accidente de su mujer y su hija le han dejado sumido en un dolor insoportable.
 
-Efectivamente, por eso estoy harto de vivir y quiero acabar con esto: sólo deseo poder morirme como todos los demás.
 
-¿Y su madre qué opina?
 
-Ella llevaba más de doscientos años sin aparecer, hasta que contactó conmigo el otro día, tras mi primera tentativa de suicidio.
 
-¿Contactó con usted? ¿No vino a verlo?
 
-No, hace tiempo que no se le permite bajar a la Tierra.
 
-¿Ah, no? ¿Y de qué modo se puso entonces en contacto con usted? ¿Por teléfono?
 
-No, por internet.
 
-¿Le envió un correo electrónico?
 
-Apareció en mi Messenger
 
-Ajá. ¿Y qué le dijo?
 
-Que entendía por lo que estaba pasando, pero que aún no podía dejarme morir: me necesita.
 
-Si dice que ella lleva más de doscientos años sin visitarle, no entiendo cómo aparece ahora diciendo que le necesita.
 
-Ni yo, pero se supone que tendré alguna misión que cumplir.
 
-Pero usted la desobedeció y ha vuelto a intentar quitarse la vida.
 
-No, ella me dijo que pronto vendría a alguien a por mí para tomarme unas vacaciones y que mientras tanto podía hacer lo que quisiera.
 
-¿Unas vacaciones?

-Sí, para conformarme. A los niños los llevamos a Disneylandia y a mí me van a llevar por un tiempo a otro planeta.

-A otro planeta, ¿es que hay otros planetas habitables?

-Sí, hay muchos, habitables y habitados, aunque le confieso que yo nunca he salido de la Tierra. Cuando los dioses crearon este universo, esta dimensión, para ellos fue un divertimento: crear vida y ver qué hacemos, como si fuéramos un entretenido canal de televisión al que mirar y, claro, cuantos más canales, mejor. Así que este planeta es sólo uno más entre muchos.

-Interesante. Bueno, ya es la hora, seguiremos hablando mañana. Pero antes, dígame una cosa. Si su hija era descendiente de un semidiós como usted, pero ella ha fallecido...

-Era mi hija, pero no biológica: yo no soy fértil.



[Capítulo 3] La apuesta



A. era un tipo de una estatura normal, en gran forma física, de cabello castaño y bien parecido. Aparentaba una edad de veintipocos años, nadie diría que tenía más de dieciséis milenios. Cuando le pregunté su edad y escuché su sincera y curiosa respuesta no pensé que era un chiflado, más bien un cachondo mental.

Me pegué a él desde que lo internaron, porque me atraía magnéticamente. En aquel entorno deprimente del Sanatorio Esquerdo -frente a las ruinas de la cárcel de Carabanchel y el Centro de Internamiento de Extranjeros- necesitaba a mi lado a alguien que me ofreciese un poco de alegría de vivir y él cumplía exitosamente esa misión, pese a que me trataba con una molesta superioridad condescendiente. 

Su sentido del humor me dio la vida, imitaba a los doctores, a los celadores, a las enfermeras y a otros pacientes con un gran ingenio. De un vistazo le cogía el punto a cada persona, le sacaba un defecto y lo explotaba cómicamente, a menudo con un punto de crueldad.

- Eh, puto pirado gay, ¿te apuestas cincuenta euros a que esta noche consigo que una anoréxica coma un poco de carne?- me desafió.

- Oye, A., -yo le llamaba así porque el nombre de Aquilino me parecía ridículamente anacrónico- el hecho de no querer secundar tu absurdo plan de colarnos esta noche en el edificio de las anoréxicas no me convierte en gay, es sólo que están a punto de soltarme y no quiero meterme en líos, ¿vale?

- Lo que tú digas, señorita Sancho, ¿pero hacen los cincuenta pavos?

- De acuerdo, pero estás enfermo. Muy enfermo.

Naturalmente el hecho de que mi apellido sea Barriga le hizo tanta gracia que decidió convertirme en su escudero: 

- Sancho Barriga en vez de Sancho Panza, pero me valdrás igual como escudero interplanetario. ¿Eh, jodido loco, quieres venirte conmigo a otro planeta? Seguro que allí podré buscarte alguna insulita para que la gobiernes.

- Pues claro que sí, mi señor don Aquilinote, no dude que le seguiré en sus gestas espaciales para conseguirme una ínsula que poder legar a mi futura prole, que la tendré, porque no soy gay y soy fértil.

La cosa no pasaba de ser una más de sus excentricidades, hasta aquel día en el que se puso solemne al hablarme:

- Oye, Sancho, ¿en serio quieres venirte conmigo a otro planeta?

- Pues claro que sí- dije sonriendo siguiéndole lo que consideraba una de sus bromas.

La durísima expresión de su mirada me fulminó y volvió a preguntar con rostro severo:

- Te lo digo en serio, ¿te vienes o no? Porque si lo haces tendrás que pedirte una excedencia en el trabajo... no sé cuándo regresaremos, ignoro cómo funciona el tema del traslado en cuanto a la dimensión tiempo.

Lo de la excedencia me lo planteó porque él ya conocía mi situación y los motivos de mi internamiento. 

En realidad nunca pretendí suicidarme. 

Yo, Sancho Barriga, soy un treintañero madrileño de cabello moreno, complexión normal... está bien: algo bajito y quizá un poco pasado del peso ideal (y cada día con menos cantidad de cabello moreno, lo reconozco) que tras unos años de esfuerzo conseguí aprobar unas oposiciones de Auxiliar de Justicia. Y no soy gay, es sólo que he tenido poca suerte con las mujeres y desde que me dejó mi anterior novia no he querido volver a saber nada de ellas. Vale, mi anterior novia y mi primera novia son la misma persona, pero tampoco quiero dar una imagen de patético.

Tras vagar algún tiempo por la geografía española de destino en destino, al fin conseguí la anhelada plaza en un juzgado madrileño. Parecía que había llegado a la meta, a mi paraíso profesional, pero el Destino es travieso y mi juez resultó ser un auténtico tirano que nos trataba como a basura y muy dado a expedientar a sus trabajadores. 

Hasta que al fin un día nos unimos y quedamos en darnos de baja todos los compañeros a la vez para llamar la atención sobre nuestra situación, dado que nuestras múltiples reclamaciones en las distintas instancias apropiadas para ello  no habían dado ningún resultado, aparte de encabronar más al juez en cuestión, que cada vez nos trataba peor. 

Resultado de nuestra insurrección fue que nos enviaron a todos los enfermos a unos inspectores médicos que revocaron una por una todas las bajas. Como la mía era una baja psicológica -y yo fui uno de los cabecillas de la rebelión- intenté dar ejemplo de resistencia comprometida ante mis camaradas con mi falsa tentativa de suicidio, ante la que los inspectores médicos se acojonaron y volvieron a dejarme en situación de baja psicológica. Eso sí, mi atrevimiento me valió una orden de internamiento judicial en el sanatorio Esquerdo. Parece ser que cuando luchas contra el sistema aunque parezca que ganas siempre pierdes.

Así que ya conocen el motivo de mi estancia en el Psiquiátrico.

Y aunque les parezca una locura por mi parte hice caso a A. y en una de mis salidas –ya me daban permiso varias horas al día para pasear fuera del manicomio- solicité la excedencia en mi puesto de trabajo. No porque pensase realmente que A. era un semidiós que me iba a llevar a otro planeta, pero sí sabía que aquel tipo no era normal. En cierta ocasión, en una de sus bromas con un loco se le fue la mano y el pirado objeto de burla le atacó repentinamente, infiriéndole unos importantes cortes en el culo con un trozo de un azulejo roto. 

Esa misma tarde fui a verlo a su habitación, acababa de ducharse y mientras se cambiaba, de espaldas a mí, le miré el culo y vi que no tenía ni un solo rasguño, ni la más mínima marca de la bestial agresión que sufrió esa misma mañana. 

Me sorprendió mirándole, asombrado, su inmaculado cuerpo desnudo y se limitó a decir:

- ¿Ves como eres gay? Me estás mirando el culo y parece que te gusta.

- No soy gay, estaba viendo que no te queda ni una señal de los cortes del pirado.

- Ya te dije que soy un semidiós, tontorrón. Y sí, eres gay: tenías la boca abierta, ¡vamos, sal del armario, casi babeas!

También A. desprendía un magnetismo y una seguridad extraña, no lo veías como a un tipo que hubiese conocido el hambre y las calamidades, y cuando le conté que soy huérfano y que no tengo hermanos ni familia alguna, él me aseguró que se ocuparía de mí cuando nos marchásemos si pedía la excedencia.

Y como quiera que se empeñara tanto en que lo acompañase y dado que en cuanto saliera del manicomio tendría que bajarme los pantalones y regresar al juzgado cabizbajo para que el abusón del juez Martín Cubo se saliera con la suya y siguiese humillándome junto al resto de los cobardes de mis compañeros... decidí darle el sí a A. (no soy gay).

Lo cierto es que ya anteriormente pensé en pedirme una excedencia, porque soy muy manitas con los ordenadores y por las tardes a menudo iba a la tienda de un amigo mío que tiene un pequeño negocio de informática. Él me invita a unas cervezas y yo le ayudo con las reparaciones mientras mato el tiempo a la vez que aprendo algo. Así que podría ganarme la vida de este modo -llegado el caso- hasta que pusiese fin a mi situación de excedencia.

A la mañana siguiente A. se acercó a mí con una sonrisa y me dijo:

- Chalado, tengo dos noticias: una buena y una mala.

- Primero la mala.

- La mala es que me debes cincuenta euros, mira -
me dijo mientras me mostraba en su teléfono móvil un vídeo en el que una de las que sin duda era una anoréxica (por sus marcadísimas mandíbulas y las aconcavadas y tristes cuencas de los ojos) le practicaba una felación- ¿Ves cómo conseguí que comiera carne? Pero no, no te vayas aún, sigue mirando, que ahora viene lo mejor: cuando se va a tragar la leche y le digo que no lo haga porque está muy gorda.

Me quedé mirándolo con cara de horror y dijo:

- Que no, hombre, es coña: dejé que se la tragara toda, que la broma me costó veinticinco pavos.

- ¿Sabes, A-qui-li-no? Me sorprende que después de la terrible y trágica pérdida que acabas de sufrir tengas este comportamiento tan... sorprendente: todo el día de risas y bromas, colándote en el bloque de las anoréxicas para tener sexo. Es chocante.

- Pequeño Sancho –me dijo en tono serio, algo afectado por mi reproche- después de perder a mi mujer y a mi hija me quedaban dos opciones: o comportarme así y vivir la vida sin mirar atrás o suicidarme. Sabes que elegí suicidarme, pero no puedo hacerlo, así que permíteme que no vaya arrastrando penas eternamente y que intente disfrutar de la vida, que ya me cuesta... ¡Ah, y otra cosa! Estoy harto de que pongas esa expresión cómica cuando pronuncias mi nombre, entonándolo con acento antiguo e irónico, mira: te he recortado esta página de la guía telefónica y verás que te subrayado a tres usuarios que se llaman Aquilino ¡en una sola página! Así que queda demostrado que mi nombre no es anacrónico y me debes los cinco pavos que apostamos.

- Está bien, está bien, mis disculpas, no quería ofenderte. ¿Y por cierto, cuál era la buena noticia?- pregunté mientras le daba un billete de cincuenta y otro de cinco.

- La buena noticia es que esta misma noche nos largamos de  este planeta, si es que no te rajas. No olvides traerme un periódico cuando salgas esta tarde de paseo.
 
- ¿Y cómo es eso de que nos largamos esta noche, acaso ya has reparado tu platillo volante o qué?

- ¿Te acuerdas de Gandulfo, el pirado que ingresó esta mañana a primera hora en nuestro pabellón, el tipo con el pelo largo y blanco como su larga barba al que apodaste Gandulfo por su parecido a Gandalf?

- Sí, claro, el Gandulfo, vaya tipo raro.

- Pues él es el enviado que esperaba de mi madre para sacarnos de la Tierra. ¡Nos vamos a su planeta!

15 de agosto de 2010

[Capítulo 4] La última cena en el manicomio




Aquella tarde al volver de mi paseo le llevé a A. el periódico que me había encargado. Al entregárselo me dijo que esa noche, después de cenar, nos reuniríamos en su habitación con Gandulfo para largarnos del planeta Tierra.
 
Le pregunté con curiosidad para qué quería el periódico, si nunca le había visto hasta hoy leyendo la prensa.

- Siempre puede sernos de alguna utilidad en un planeta extraño, además así tenemos una referencia de la duración del viaje cuando se acaben nuestras vacaciones espaciales y finalmente regresemos.
 
- Bueno, –le dije poco satisfecho con su respuesta- me voy a mi habitación a hacer la maleta. Oye, ¿al planeta ese al que vamos llevo ropa de invierno o de verano?
 
- Ni idea, no te cargues mucho y echa lo que tengas, mi hermanastro proveerá.
 
- ¿Tu hermanastro?
 
- Sí, parece que Gandulfo es también hijo de mi madre y su padre era un mortal del planeta al que vamos- me respondió mientras empezó a rellenar las casillas del sudoku del periódico.
 
Una vez llegué a mi habitación, estando solo empecé a aterrarme.
 
¿Qué coño estás haciendo, Sancho?, me preguntaba a mí mismo. Te vas a fugar de una institución psiquiátrica, con nocturnidad, en compañía de un par de tarados que se creen semidioses, habiendo renunciado voluntariamente a ese puesto de trabajo que tanto te costó conseguir, ¡y en plena crisis económica mundial!
 
Llegué a plantearme si realmente el sitio más adecuado para mí no sería precisamente este manicomio.
 
También me sentí abrumado por la pereza, A. no me había dado ningún detalle del plan de fuga, quizá hubiera que serrar barrotes, saltar vallas, esquivar a guardianes, huir de la policía, hacer un largo desplazamiento hasta el escondite campestre en el ocultasen su OVNI o lo que sea que pensasen usar para huir del planeta. Uf, en qué lío me he metido.
 
Me tumbé en la cama intentando relajarme, pero sin poder evitar pensar en la gran mierda en la que se había convertido mi vida en los últimos meses, especialmente desde que me abandonó Marta, mi ex, la cual ni siquiera me puso los cuernos, sino que simplemente argumentó el día que se fue que yo era aburrido.
 
- Me aburres, Sancho -esa fue la explicación que me dio.- Todo el día en casa sin salir ni un solo fin de semana. No te gusta bailar, ni salir de compras, ni relacionarte con otras personas, ni simplemente pasear, tú nada más que leer en solitario, el ordenador y los malditos partidos de fútbol, ¡que ya te ves hasta los amistosos!
 
- Cari –protesté- pero si vamos muchas veces al cine...
 
- Sí, al cine, ¡menuda cosa! Para esa mierda nos quedamos en casa viendo la tele en tu maravilloso plasma de tropecientas pulgadas. ¡Y la basura de películas que me llevas a ver! Los rollos esos centroeuropeos o asiáticos subtitulados en los que se ve crecer la hierba, menudo tostón.
 
- Cari, Kaurismäki no es centroeuropeo, es finlandés, y me dijiste que te gustó la peli...
 
- Lo siento, Sancho, ahí te quedas, seguro que encontrarás a alguien compatible contigo y te hará más feliz que yo.
 
- Pero si yo estoy encantado contigo, Marta...
 
Me miró con cierta lástima, con un amago de lagrimillas en los ojos, pero se dio la vuelta y cerró la puerta de mi apartamento tras de sí. Desde entonces no he vuelto a verla, aunque sí me hice un perfil falso de tío guay en Facebook y he visto que su estado sigue diciendo que en la actualidad no está en una relación sentimental con nadie.
 
Le envié un e-mail explicándole que estaba dispuesto a cambiar para volver con ella, pero jamás recibí una respuesta.
 
No sé cómo se llegó a enterar de que me internaron en el psiquiátrico, pero esa misma semana me envió un sms que decía: 

“Espero que te mejores pronto, Sancho, no vuelvas a hacer locuras, por favor. ¡Un beso muy grande!”
 
La llamé en cuanto leí el mensajito, pero no me cogía el teléfono. Finalmente decidí no presionarla para sacar provecho de mi penosa situación y simplemente le envié otro mensaje a su móvil:
 
“Me han metido en este manicomio porque estoy loquito por ti. Si alguna vez quieres volver a aburrirte llámame, que te estaré esperando”.
 
Al instante vibró mi celular y vi otro sms suyo:
 
“Recupérate pronto, de verdad, me duele que estés ahí así. Hasta siempre”
 
Y ahí acabó nuestra relación, que racionalmente ya doy por perdida, pero que secretamente sigo esperando y deseando recuperar. Aunque teniendo en cuenta mi comportamiento actual no voy muy encaminado...
 
Preparé una mochila con los enseres que pude meter y me dispuse a dejarme llevar por los dos majaretas semidivinos. Esto ha de ser forzosamente divertido, o al menos una gran historia que contarle a mis nietos (cuya abuela sería Marta, qué demonios, ¡arriba ese ánimo!)
 
Llegó la hora de la cena: una sopa insípida y una triste tortilla francesa con lechuga, qué asco.
 
- Oye, ¿qué tal es la comida del planeta ese al que vamos?- le pregunté a A., que miraba su bandeja de comida con unos ojos tan tristes como los míos.
 
- No tengo ni idea, Sancho, pero forzosamente ha de ser mejor que esta bazofia. Deja de preocuparte, ¿quieres? Y confía en mí.
 
- ¿Os vais a otro planeta? –preguntó un alcohólico que estaba sentado en el extremo opuesto de la mesa que ocupábamos-. Llevadme con vosotros, yo soy de Ganímedes.
 
- Lo siento, tío, nuestro platillo es biplaza, otra vez será.- le contestó A.
 
Dios, mío, lo que faltaba, otro pirado que se cree extraterrestre, en qué movida me estoy metiendo. Me dio un ataque de sensatez y estuve a punto de rajarme, pero tampoco me atrevía a enfrentarme a A.
 
Nos levantamos y al pasar al lado del alcohólico me metí la mano en el pecho y le dije muy serio:
 
- Soy Napoleón y voy a invadir Ganímedes y a confiscar todo el vino de allí.
 
El borracho se me quedó mirando frunciendo el ceño mientras me señalaba con el dedo índice y luego se llevaba el pulgar al cuello con un movimiento horizontal, como amenazando con cortarme el pescuezo.
 
- No le cabrees, Sancho. ¿Qué te pasa, estás nervioso?
 
- ¡Vaya! El señorito puede vacilarle a todo el mundo y yo no puedo gastar una simple bromilla.
 
- Hay que saber a quién hacerle las bromas y en el momento oportuno, no tienes mucha gracia, tío.
 
- Ya, como tú el día aquel que te atacó el del azulejo, ¿no? Lo pillo, -le reproché con evidente sarcasmo- además que sepas que lo de Napoleón en un manicomio es todo un clásico.
 
Cuando llegamos a la habitación Gandulfo ya estaba allí.
 
- ¿Dónde vas con este tipo?- le preguntó a Aquilino con indisimulado fastidio.
 
- Él viene con nosotros.
 
- Pero mamá no me dijo nada de terceras personas, sólo he venido a por ti.
 
- O viene él conmigo o no me voy a ninguna parte, ¿vale? A ver cómo le explicas a mamá después que te has vuelto de vacío.
 
Gandulfo, tras meditarlo un momento -mientras se mesaba sus largas barbas blancas- al fin accedió:
 
- Está bien, sea como quieres, pero es tu responsabilidad.
 
- La asumo plenamente.
 
- Bien- intervine algo ansioso- ¿cómo vamos a conseguir salir de aquí y hasta dónde hemos de ir a por el platillo volante?

Gandulfo y A. se miraron sorprendidos por un instante y empezaron a reírse descontroladamente.
 
Al principio me sentí un poco incómodo porque se estaban burlando de mí descaradamente. Luego pensé que al fin A. reconocía que todo se trataba de una gran broma que había tramado contra mí y que al fin iba a descubrirse el pastel y a  burlarse de mí cruelmente durante semanas. Cuando ya llevaban un rato muertos de risa, con lágrimas en los ojos, con sus ‘divinas’ mejillas sonrosadas y sobre todo cuando empezaron a revolcarse por suelo sin poder parar de carcajear, entonces sí que exploté:
 
- No tiene ni puta gracia, ¿sabes? ¡He pedido una jodida excedencia en mi trabajo! Mierda, yo ya sólo estoy aquí por no volver al juzgado, pero puedo salir de este manicomio en cuanto lo solicite, ¿sabes? Te has pasado varios pueblos, en serio, Aquilino. ¡Te has pasado mucho!
 
- No, jajaja. No, pfffff, espera. No me río de eso, pffff, ay, espera, que no puedo hablar. Dame un minuto, jajaja –trataba de explicarse intentando, sin mucho éxito, ponerse serio-. Sí nos vamos a ir, en serio, me río de lo del “platillo volante”, jajaja. Qué ocurrencia, si viajásemos por el espacio ese tiempo y a esa distancia moriríamos en seguida por las radiaciones. No te mosquees, en serio, sólo confía en mí como te pedí, pronto saldrás de dudas.

Gandulfo se tapaba el rostro con ambas manos intentando ocultar que aún seguía descojonándose de mí. La mirada de pocos amigos con la que le obsequié le hizo recobrar al fin la seriedad y se fue a cerrar la puerta de la habitación.
 
- Venga, ¿nos vamos ya?- le preguntó a Aquilino.
 
- Adelante, que de lo contrario al amigo Sancho le  va a dar algo, al pobre.
 
Gandulfo giró la muñeca y se quitó el original reloj que llevaba. Presionó una combinación de dos botones y de pronto la pulsera de plástico pareció convertirse en una especie de blandiblú extraño. Empezó a estirarlo y fue aumentando gradualmente su diámetro hasta convertirse en algo similar a un hula-hoop. Entonces lo depositó en el suelo, presionó otra combinación de botones y toda la superficie del interior de la correa pareció convertirse en un espejo raro, como de cristal líquido.
 
- ¿Dónde conecta el portal? – le preguntó A.
 
- No te preocupes el otro portal está dentro de mi casa, es seguro, no hay nadie.
 
Conforme con la respuesta, Aquilino se metió dentro del círculo, se agachó para agarrar con ambas manos la correa del reloj y la fue levantando lentamente a la vez que su cuerpo iba desapareciendo dentro del portal, cuando subió por encima de su cabeza, soltó la pulsera y esta volvió a caer al suelo sin que hubiera quedado rastro de A.
 
- ¿Él ya está allí?- le pregunté a Gandulfo realmente asombrado, sin poder cerrar del todo mi boca.
 
- Sí, es mejor que un OVNI, ¿eh? Jajaja. Vamos es tu turno.
 
Con algo de miedo me situé dentro del círculo y fui envolviéndome en el extraño líquido, una vez me cubrí del todo solté el reloj y al instante aparecí en una amplia estancia de una curiosa edificación con una arquitectura realmente hermosa. Allí estaba esperándome risueño Aquilino, que me dio un abrazo amistoso y se disculpó por las risas de antes.
 
- No te preocupes por eso -le excusé sin salir de mi perplejidad, abrumado por la insólita experiencia.
 
¿Saben? Lo primero que hice en cuanto Gandulfo se reunió de nuevo con nosotros fue asomarme a un hermoso ventanal y mirar hacia el cielo. 

¡Había dos soles! ¡Y el cielo era amarillento!

[Capítulo 5] Néctar y ambrosía con diamantes




No pude resistir la tentación de fotografiar aquel cielo amarillento con mi móvil.

- Caray, aquí no tenemos cobertura –dije contrariado al pensar que acababa de perder cualquier mínima posibilidad de comunicar con mi amada Marta.

- Claro, –me explicó Aquilino- Gandulfo ha cerrado el portal y ha desactivado el que dejamos en la Tierra, que ahora no es más que un inútil reloj que da la hora de este planeta. No querrás que esto se nos llene de pirados...

- Oye, los techos de tu casa son altísimos -le comenté a Gandulfo- ¿Tan enormes son los habitantes de este planeta?

- No. Son de media similares a nosotros, pero como bien notaste cuando hace un momento estuviste dando saltos como un crío, aquí la fuerza gravitatoria es menor que en la Tierra.

- Sí, me encanta. Espero que en este planeta juguéis al baloncesto porque estoy deseando hacer mi primer mate– confesé entusiasmado.

- Pongámonos un poco serios –dijo Gandulfo-. Antes de nada he de daros algunas explicaciones mínimas  para que conozcáis básicamente este mundo y podáis moveros por él con habilidad para disfrutar de unas gozosas vacaciones.

A. y yo nos sentamos en su sofá, confeccionado con algún extraño material que lo hacía confortabilísimo, o quizá sólo fuese que la menor gravedad me hacía sentir agradablemente ligero.

Nos dispusimos con interés y excitación a escuchar sus explicaciones acerca del planeta Q.

Que, por cierto, en realidad no se llama planeta Q, este fue un mote que le pusimos A. y yo días después. Ocurrió cuando visitamos el famoso mirador desde el que se divisaba una de las maravillas del planeta, algo así como nuestro terrícola cañón del Colorado, pero allí eran dos enormes colinas redondeadas que parecían exactamente un orondo y gigantesco culo.

Por eso lo empezamos a llamar entre nosotros el planeta Culo y finalmente lo abreviamos a planeta Q, para no ofender a los nativos.

Gandulfo nos contó que Q tenía un diámetro unas diez veces inferior que el de la Tierra. Que gira en torno a una estrella doble y que la elíptica del planeta alrededor de sus dos astros gemelos es mayor que la de la Tierra, por lo que los años son allí mucho más largos.

Tienen tres satélites. Uno principal que se ve más grande que nuestra Luna porque está más próximo al planeta, no porque sea realmente mayor. El segundo y el tercer satélite son casi del mismo tamaño, aproximadamente la mitad de nuestra Luna, vista desde la superficie del planeta.

Uno de ellos está rodeado por un anillo gaseoso y el otro es el único de los tres que es habitable y de hecho se usa como destino turístico de lujo.

En el planeta Q -a diferencia de nuestro planeta azul- el agua apenas llega a ocupar un cincuenta por ciento de la superficie.

Existen tres continentes, uno muy extenso y otros dos menores, sin contar con varios archipiélagos sueltos. Gandulfo vive en el continente principal.

En Q los fenómenos meteorológicos, volcánicos y terremotos son muy suaves e infrecuentes, apenas hay tormentas importantes, ni huracanes, ni inundaciones. Eso es un alivio. En cambio nos habló de un preocupante suceso que acontecía cada día inevitablemente: una nube se solidificaba instantáneamente y caía a plomo sobre la superficie del planeta. Por suerte sus nubes son bastante pequeñas, lo cual no sirve de consuelo si te tocaba la desgracia de que la nube cayera sobre tu casa destruyéndola. Al rato de impactar sobre la superficie se derretían, dejando ese suelo muy fértil para el futuro, pero el daño ya estaba hecho.

La población del planeta no es muy grande, apenas una docena de millones de criaturas lo habitan. El continente más poblado  es este en el que nos encontramos, que es el único que cuenta con gente de las tres razas.

Eso me resultó lo más chocante, lo de las tres razas. Gandulfo nos lo explicó. Él es un “umas”, la raza más numerosa, casi idéntica a nosotros los humanos.

La otra raza son los “nosos”, menos corpulentos, más feotes, y cuya principal diferencia con los humanos y los “umas” es que tienen la nariz del revés, es decir: les nace cerca de los labios y va subiendo invertida hasta la punta, que acaba cerca de los ojos, con los agujeritos hacia arriba, algo que debe ser incómodo y aparentemente poco práctico desde un punto de vista evolutivo.

Curiosamente estas dos razas no pueden cruzarse entre sí, un “umas” puede tener relaciones con una “nosos” sin necesidad de tomar precauciones porque es biológicamente imposible que quede encinta. Ídem con un “nosos” con una “umas”.

La tercera raza y con diferencia la más minoritaria -nos comenta confidencialmente Gandulfo- es un regalo de los dioses: las “domis”. Y digo “las” porque en esa raza sólo hay mujeres.

Son fruto de la directa intervención de la ingeniería genética de los dioses. Cogieron a la más hermosa de las “umas” y -a partir de su genoma- fueron manipulando con el fin de clonarla y convertir a los seres resultantes en su particular servidumbre doméstica y sexual.

Una vez fueron sustituidas, tiempo después, por una versión mejorada de “domis 2.0”, los dioses, en vez de acabar con ellas, las dejaron en el planeta Q para el disfrute de sus habitantes y para mejorar las razas.

Las malas noticias son que su población apenas llega a los dos mil ejemplares y que todas las “domis” son genéticamente idénticas, indistinguibles unas de otras.

Las buenas noticias son: su indiscutible belleza -rubias de ojos azules con rostro perfecto, piel aterciopelada y cuerpos esculturales- y que incorporan grandiosas mejoras genéticas: sexos muy estrechos y húmedos, sensibilidad extrema al placer e insensibilidad al dolor (¡también en el ano y en la boca!). La abundantísima saliva que segregan es comestible y su sabor es delicioso, aunque es más exquisito aún su flujo vaginal. Y lo mejor de todo es que están programadas para alcanzar la felicidad extrema practicando el sexo y dando masajes y caricias, de lo contrario se deprimen profundamente. En definitiva: unas mega-ninfómanas muy complacientes y trabajadoras, equipadas con el gen de la larga vida, aunque no son inmortales.

Cuando nos contaba lo de la raza de las “domis” no pude evitar interrumpir a Gandulfo para preguntarle:

- Oye, qué machistas los dioses, ¿por qué no existen también “los domis”?

- ¿Lo ves? –saltó A. con su maligno oportunismo que ya empezaba a fastidiarme- ¿Ves cómo eres gay?

- Oye, no te equivoques, que yo lo que quiero ¡y lo quiero ya!, es conocer a una de esas mujeres. Gandulfo ¿cómo se dice en vuestro idioma “estudias o trabajas”?

- Ah, es cierto, lo olvidaba –recordó -. He de implantar en vuestros cerebros el kit con nuestros idiomas.

- ¿Vas a perforarnos el cráneo para meternos un chip o algo así? –pregunté con cierto terror.

- No es necesario, os tomáis estas píldoras y el chip sabrá encontrar el camino y el modo de alojarse en vuestros cerebros. Mañana al despertaros podréis conversar con cualquier habitante de este lugar.

A. y yo nos miramos complacidos.

O sea que tú –le comenté a Gandulfo- ahora mismo llevas un chip con el kit de los idiomas terrícolas incorporado en tu cabezota.

- Exacto, con todos los idiomas importantes de la Tierra.

- ¡Pedazo de curriculum! No pasarías hambre en nuestro planeta, desde luego.

- Y hablando de hambre, ejem... –insinuó A. mirando a Gandulfo.

- Sí, perdón, llevamos horas charlando y no os he ofrecido nada de comer, soy un mal anfitrión.

- ¿No existe aquí un equivalente del Telepizza o algo similar?  -sugerí apremiado por mi hambre canina-. He recorrido tu casa de arriba a abajo en busca de una nevera y no he sido capaz de encontrarla.

- Eso es porque no tenemos neveras. No nos hacen falta: no hay bacterias en este planeta, nada se corrompe. Por eso el portal que hemos utilizado incorporaba un desinfectante que impide que nos hayamos traído microbios terrícolas. Sentaos a la mesa, en un segundo os preparo algo en el robot de cocina. ¿Pizza es lo que queréis?

- ¿No tenéis pollo en esta parte de la galaxia? –preguntó A.

- No, pero sí una ave parecida con sabor similar, mucho mejor para mi gusto -aclaró Gandulfo con cierto orgullo nacionalista planetario- ¿Prefieres muslo o pechuga?

- Muslo.

- Bien, pues un muslo y una pizza marchando. ¿De beber os vale una bebida espumosa parecida a la cerveza?

- ¿Tiene alcohol?

- El alcohol es una basura al lado de lo que contiene la más popular de nuestras bebidas: produce una euforia mil veces superior, pero sin hacerte perder habilidades ni conllevar resaca.

- ¡Pues quiero una jarra bien grande y muy fresquita! -solicité entusiasmado- Ah, no, que no tenéis neveras...

- No te preocupes- comentó mientras se dirigía hacia la cocina- la jarra en la que te la serviré incorpora un regulador térmico instantáneo a tu gusto, desde la ebullición a la congelación. Tú gradúas según tu capricho la temperatura de los líquidos. Aquí no nos dedicamos a soplar los cafés para que se enfríen ni a meter las jarras en el congelador una hora antes para que estén fresquitas, esa es una tecnología muy primitiva, esto es otro nivel: no en vano somos la civilización más avanzada del universo.

- Mucho progreso, pero qué tacaño –me comentó A., en voz baja, cuando se hubo alejado Gandulfo-. Sólo nos va a ofrecer “un” triste muslo y “una” solitaria pizza.

No había acabado de pronunciar esas palabras cuando apareció de vuelta G. acompañado de un robot que portaba múltiples bandejas con nuestra comida. Gandulfo sirvió a la mesa tres jarras -de esas mágicas- acompañadas de una especie de independientes grifos como los de los bares, pero wifi, (no se veía conectado a ningún barril) del que salía la bebida espumosa que nos recomendó.

Sacó de una bandeja inferior una pizza de casi un metro de diámetro que colocó en mi plato, el cual era de un material similar al mármol blanco pero más ligero. A continuación destapó la bandeja de la parte superior que contenía un apetecible muslo de ave del tamaño de mi pierna. Él se sirvió una especie de ensalada multicolor bastante exótica y nos pusimos los tres a comer sin demora. En cuanto a la cubertería, los cuchillos eran similares a los terrícolas aunque hechos de un mineral que parecía diamante. El tenedor, del mismo material casi transparente, en vez de forma de horca tenía la púa central fuera de la línea de las otras dos, es decir: parecía casi un pequeño trípode en su extremo. Se trataba de un cubierto inteligente que al sentir una leve presión hacia abajo producía un efecto de garra prensil sobre el alimento, que una vez dentro de la boca se liberaba oportuna y automáticamente sin intervención del usuario. Igual que el cuchillo, que una vez sentía que ejercías fuerza para cortar se activaba una fina e incisiva sierra automática hasta que casi llegaba a contactar con el plato sin llegar nunca a hacerlo.

La “pizza” sabía sabrosísima, aunque no podría decir la composición de sus variados ingredientes. Una textura deliciosa y una explosión de diversos sabores que combinaban mágicamente, haciéndome relamerme a cada instante, instantes solo interrumpidos por los sorbidos a aquella delicada ambrosía helada -a mitad de camino entre la cerveza y el cava- con un potentísimo sabor característico que debía proceder de la sustancia paraetílica que incorporase, que según me contó Gandulfo no creaba adicción ni efectos secundarios. Me serví una segunda jarra, y eso que hacía más de un litro de capacidad cada una.

- Demonios, está delicioso, menos mal que este planeta tiene menor gravedad, porque me voy a poner hecho una foca.

- Descuida, Sancho –me explicó Gandulfo- me he tomado la libertad de prepararte la “pizza adelgazante” porque, no es por ofender, pero te visto algo pasado de peso, lo cual te delataría, ya que aquí no existen personas con sobrepeso.

- ¿Esto es adelgazante? – pregunté señalando la enorme porción triangular que me acababa de cortar con el láser ad hoc-. Bromeas, sin duda.

- En concreto la he programado para que pierdas tres kilos y medio. No bromeo, ya lo verás tú mismo. Discúlpame, ya sé que esa pizza no es tan sabrosa como las de altos contenidos calóricos, pero considero que te vendrá bien bajar de peso para poder pasar desapercibido.

- No puedo creer que exista en el universo otra pizza más rica que esta. Decidido: me pongo a dieta. ¿Pero... y la bebida?

- Lo siento, con ella apenas perderás un kilo por cada litro que bebas.

Al día siguiente amanecí en mi peso ideal, sin ardores ni resaca, dispuesto a explorar por vez primera el Planeta Q.

14 de agosto de 2010

[Capítulo 6] La metáfora de la pelotita de goma


Aquel primer despertar en el planeta Q fue de lo más placentero, sin jetlag ni historias. Las comidas de este bendito planeta -por abundantes que sean- no producen molestias ni ardores, ¡ni siquiera gases!

Y lo mejor de todo: la cama. Si los pobres terrícolas pensamos que no hay nada que supere a un buen colchón de visco-látex es sólo porque no conocemos este lugar.

En realidad son cámaras individuales que, por algún prodigio tecnológico, te mantienen suspendido en el aire constantemente a media altura. Además, para la total privacidad del durmiente sus cristales están tintados impidiendo -de paso- que cualquier mínima luz pueda molestarnos. Incorpora así mismo una especie de  humidificador que al contacto con nuestra piel desnuda emula el ambiente de nuestras condiciones de vida en el útero materno. Añade también un extra de oxígeno e hilo musical relajante y lo mejor de todo: el compartimento especial, que está equipado con unas píldoras relajantes -que según me garantiza Gandulfo no crean dependencia- las cuales, en combinación con un sencillo y cómodo sistema de alertas visuales y sonoras convierten esos “Nichos de Morfeo” en perfectas máquinas inductoras del sueño lúcido controlado a voluntad.  

Como yo ya estaba iniciado en los secretos de los sueños lúcidos, no me costó nada volver a tomar el poder de mi mente mientras dormía.

He pasado la mejor noche de mi vida, materializándose una tras otra increíbles ensoñaciones –casi todas de contenido sexual- tan vívidas que únicamente al despertarme he constatado que no han existido más allá de mi imaginación. Qué alucinante experiencia la de mi anhelado trío con Cate Blanchett y Liv Tyler. Y qué emoción al recoger el Nobel de Literatura en Estocolmo, el Planeta en Barcelona o el Oscar en Hollywood.

Pero hay que levantarse, que ya ha amanecido -¡dos veces!- y Gandulfo y A. me esperan para desayunar.

Aquilino, como yo, se había despertado resplandeciente.

- ¿Con qué exquisitez nos vas a sorprender para almorzar?– le pregunté a G.

- Pues como ya conocéis el idioma de este planeta no os voy a recitar la carta: la miráis vosotros mismos. Dicho lo cual oprimió un botón bajo la mesa y de pronto nos vimos envueltos por una proyección en tres dimensiones, sin gafas ni puñetas, con los distintos desayunos. Empezamos a consultar las diferentes opciones girando nuestras manos en el aire cual si espantásemos inexistentes moscas.

Lo que ayer mismo habrían sido unos esotéricos signos indescifrables en un idioma extraño ahora lo leíamos con total naturalidad, como si se tratara de nuestra propia lengua materna.

- Cuántas posibilidades de elección. Y no tengo ni idea de cómo sabrá cada una. ¿Qué me recomiendas según tu superior criterio? –solicité la ayuda de Gandulfo.

- Pues el que es sin duda el mejor desayuno del universo, que además es de importación terrícola, cómo no: un buen café con leche y unos churros. He de reconocer que nada en este planeta puede superarlo.

Mientras nos zampábamos los excelentes tejeringos qusianos Gandulfo nos preguntó adónde queríamos ir en nuestra primera jornada vacacional.

- Me apetece relajarme como lo hacemos en nuestro mundo: yendo a la playa –propuso A.

- Me apunto a esa idea- secundé.

- Pues no se hable más, nos vamos a la playa.


- Pero antes... –dije recordando los maravillosos sueños gozados durante la noche- ¿No podemos dormir otro ratito más?

- Empiezo a dudar de que la pastillita inductora onírica no cree adicción– reflexionó G. en voz alta con cierta sorna.

-No, no –me excusé algo avergonzado- es que en el psiquiátrico no dormía bien y tengo sueño atrasado, pero es igual, puedo aguantar. Aunque sí me gustaría que estuviésemos de vuelta por la tarde a tiempo de echar una siestecilla...

- Vamos, Sancho: ya te hartarás de dormir y saciar todas tus reprimidas fantasías gays durante el sueño -me dijo el siempre percuciente Aquilino-. Ahora vamos a disfrutar de la vida real.

- Oye A., ¿te has dado cuenta de que llevamos toda la mañana hablando en otro idioma?

- Pues no me había fijado, pero ahora que lo comentas, sí: tu gesticulación facial es rara, como la de los franceses.

- ¡La tuya también! – le dije al observar que cuando hablaba su boca adoptaba la forma y aspecto de una vagina palpitante.

Al poner mi pie fuera de la casa fue como un pequeño paso para mí, pero uno enorme para la humanidad. O no, pero me hizo sentir grande igualmente.

- Y si estáis tan avanzados en este planeta –le comenté a Gandulfo- ¿Cómo es que aún tenéis cabinas telefónicas públicas por muy de diseño que sean?

- No son cabinas, Sancho, son portales, nuestro transporte colectivo.

Aseguró que nos iba a llevar a la mejor playa del Continente.

- Bueno, no –corrigió- vamos a la segunda mejor playa, la visita a la primera la reservo para vuestro último día de estancia aquí, porque además es el principal lugar sagrado de nuestro planeta y sólo se puede ir peregrinando, los portales más cercanos están situados a varios kilómetros de allí.

Entramos en las cabinas e introdujimos nuestro destino. Aparecimos instantáneamente en otros portales situados al pie de la playa vice campeona continental.

Hacía unos años que yo no veía el mar e inevitablemente me asaltaron recuerdos infantiles asociados a aquel último verano en la playa, previo al fallecimiento de mis progenitores. Cuando el mundo aún constituía para mí un paraíso, antes de que todo se torciera.

Mi padre, Oficial de Artillería, por entonces acababa de regresar de Estados Unidos, donde había realizado durante todo un año un curso de especialista de misiles. Aprovechando esa ampliación de su bagaje consiguió un ascenso que implicaba un cambio de destino: debíamos abandonar Madrid para instalarnos en el sur de la Península, ya que su nueva Unidad tenía como misión la defensa aérea y marítima del Estrecho y se ubicaba cerca de Gibraltar.

Con papá de nuevo de vuelta en España y aquel traslado a un pequeño pueblo andaluz junto al mar, mi hermano Óscar y yo fuimos absolutamente felices en aquella nuestra Edad de Oro.

Tiempos que no volverán y que en mi memoria atesoro celosamente.

Uno puede encontrarse en un planeta maravilloso, con todo lo que cualquiera pueda soñar a su alcance, pero en el fondo nuestras obsesiones son caprichosas. Así cuando vi el mar no pude evitar rememorar la escena de mi vida que me obsesionaba, la que sucedió aquel verano en la playa frente al Peñón de Gibraltar, antes justo de que todo empezara a torcerse y emponzoñarse.

Una pelotita de goma, sí, una maldita pelota: esa era mi obsesión.

Y representó como si la pérdida de aquel sencillo juguete fuese el anuncio, el punto de partida de mis futuras desgracias.

La primera vez que la vi me quedé instantáneamente prendado de ella. Estaba expuesta en el kiosco de La Alameda, junto a aquella fuente que por las noches iluminaba de colores el agua eyectada en virgueros chorritos.

Compré mis chucherías habituales y no pude evitar preguntarle al kiosquero cuánto costaba la pelota. Aquello me desmoralizó porque su precio estaba definitivamente fuera de mi alcance.

No obstante, cada vez que paseábamos por La Alameda les señalaba a mis padres mi objeto del deseo y les pedía y suplicaba que me lo comprasen. No lo logré, pero tan insistente estuve que conseguí arrancarle a mi madre la promesa de que con el dinero que recibiera por mi primera comunión podría comprármela.

Desde entonces los días se convirtieron en un simple y pesado  trámite hasta que llegara el mes de mayo.

Y mayo llegó, e hice mi primera comunión. Según me entregaban los presentes me iba aproximando a la consecución de aquella absurda pero intensa obsesión infantil. Aún antes de que concluyera la celebración tomé el dinero que me hacía falta y corrí al kiosco a comprarme la pelota.

De mayor tamaño que mi mano, pero no tan grande como una de balonmano. Hueca, con unos puntitos sobresaliendo en su superficie, se adornaba con dibujos de varios colores, pero predominando el azul y lo que más me complacía era su elasticidad: estaba confeccionada con un material que hacía que botara bien alto cuando la dejabas caer al suelo.

La llevaba siempre conmigo, incluso a la playa, donde jugábamos también en el mar, por lo que empezó e perder algo de color sin que ello mermara mi estima hacia ella.

Todo tan idílico... hasta aquel día que pareció marcar mi destino.

Jugábamos Óscar y yo en el mar junto con otros niños, el agua nos cubría por la cintura a unos, por el pecho a otros, en círculo, pasándonos mi pelotita aleatoriamente hasta que Quinito la arrojó lejos, con más fuerza de lo necesario, hacia donde el agua nos cubría enteramente. Casi ninguno sabíamos nadar aún y los que sabían lo hacían torpemente. Mi amigo Javier -observando mi disgusto- intentó ir en su busca, pero la resaca empujaba a la pelota mar adentro, así que después de nadar unos metros Javier se rindió y regresó a la orilla.

Los otros niños, resignados porque se acabó el juego, se marcharon a buscar otra diversión, pero yo permanecí en la orilla buscando en el horizonte mi pelotita, que cada vez se alejaba más, con la esperanza de que las olas la trajeran de vuelta a la orilla.

Aquello no simbolizó tan sólo la pérdida de una pelota, parecía una advertencia: prepárate, pequeño, porque verás cómo desaparece todo lo que quieres en la vida y llorarás impotente su pérdida, observarás cómo se aleja cuanto amas sin que puedas evitarlo. Una dura lección para un niño.

Mis padres notaron mi abatimiento hasta el punto de que, sin que yo se lo pidiera, fueron al kiosco a comprarme una pelota igual a la que perdí, pero ya no quedaba ninguna, ni he vuelto a ver jamás una como aquella.

En casa teníamos un libro muy grande que era mi favorito y con el que me pasaba horas y horas fantaseando: un Atlas. Mi padre me decía que detrás de aquel mar en el que nos bañábamos, muy cerca, estaba África. En los días claros incluso se podía ver su costa. Para mí aquel continente constituía una fuente de fantasía inagotable.

Estudiaba aquello mapas, cotejándolos con los de las corrientes marinas, intentando predecir el trayecto de mi pelotita. África quedaba cerca, quizá apareciese en sus orillas y la cogiese Tarzán para jugar con Jane y Boy. O quizá atravesase el Estrecho y, ya en el Atlántico, se dirigiese hacia las costas americanas, o a lo mejor a la Antártida o al Polo Norte.

Pese a estos pronósticos, cada día al llegar a la playa lo primero que hacía era buscar con la vista mi pelota.

De la comedia a la tragedia. Unos días después comenzó una implacable persecución de la muerte en pos de mi hermano Óscar. El primer asalto de tan desigual duelo tuvo el mismo escenario que el de la desaparición de mi pelota.

Mi hermano y yo jugábamos en la orilla sin atrevernos a meter en el mar, porque estábamos en la sagrada hora de la digestión. Construíamos un castillo en la arena. Óscar tomó el cubo para llenarlo en la orilla, apenas el agua le cubría los tobillos cuando se agachó para llenarlo. En ese instante una corriente lo derribó. Por suerte cayó boca arriba sobre el mar, pero la corriente comenzó a arrastrarlo a una velocidad endiablada. Me giré y corrí a toda prisa hacia el chiringuito en el que se encontraban mis padres jugando a las cartas, mientras gritaba con todas mis fuerzas:

- ¡Óscar se ahoga! ¡Óscar se ahoga!

La arena hacía que mi veloz carrera pareciese proyectarse a cámara lenta y yo seguía gritando con toda mi alma. Aún no me había detenido cuando me crucé con mi padre, que esprintaba hacia la orilla y llegado a ella se arrojó de cabeza al agua, a la misma corriente que generaron las desembocaduras de los ríos Guadarranque y Palmones. Increíblemente mi padre logró alcanzar a Óscar y nadó con él hasta salirse de la corriente, consiguiendo regresar a la ribera.

Mi hermano, ya a salvo en la arena, le decía a nuestra madre:

- Mamá, me he matado.

Y aquí y ahora, en un lugar tan lejano, rememorando aquellos remotos sucesos, no puedo dejar de maravillarme con la contemplación de esta espectacular playa en la que nos encontramos. El mar del planeta Q no es como el nuestro, su color es de un azul más intenso que el de nuestras mejores costas caribeñas, un azul algo lechoso, como el de la Blue Lagoon de Islandia. El agua es más densa y pese a no ser tan salina se flota mejor. La arena de las playas en este planeta es casi siempre rosada, en distintas tonalidades que pueden llegar hasta el púrpura, los granos son de mayor tamaño, porosos, se desprenden fácilmente de la piel y no aumentan tanto su temperatura al recibir los rayos de sus dos soles, son más agradables al tacto de la piel.

Me sorprendió que cuantos bañistas vimos anduvieran en cueros vivos. G. me explicó que allí todas las playas son nudistas y que no existía ninguna prenda de ropa llamada bañador o traje de baño en el vocabulario de ninguno de los idiomas qusianos, que aquel era un absurdo invento terrícola contra natura.

-Ya, pero eso os lo podéis permitir vosotros  –maticé- porque aquí estáis todos muy delgaditos...

Le pregunté a Gandulfo si bañarme en aquellas aguas sería beneficioso para mi piel, como me ocurre en la Tierra. Me explicó que sí, pero que la mayor virtud del agua de sus mares consistía en acabar con la alopecia y no sólo eso, sino de coadyuvar a la consecución de una poblada cabellera. Como mínimo adverso efecto secundario de las altas exposiciones a las aguas marinas qusianas refirió episodios de priapismo leve.

Ni que decir tiene que aquella mañana estuve cinco horas en el mar, casi todo el rato buceando. Luego nos acercamos a un chiringuito donde me cargué unas “Q-birras wifi” acompañando a un bocata de unos sesenta centímetros de largo por otros veinte de ancho, de una especie de súper-calamares deliciosos de amigable textura. Y sin hacer la digestión ni nada -dada la óptima temperatura del agua- volví a zambullirme otro par de horas, con inmersiones capilares constantes, hasta que –extenuado- salí a tumbarme en la arena.

Le pregunté a G. si no sería prudente untarse alguna crema protectora, dado que allí nos alumbraban dos astros. Me comentó que en modo alguno, ya que la fina atmósfera de su planeta contenía los suficientes elementos filtrantes per se.

Me tumbé cómodamente. Con lo fatigado que me encontraba y con el relax que me producía el sonido de las pequeñas olas rompiendo en la orilla, así como el verme mecido por tan suave y agradable brisa, estuve a punto de quedarme dormido.

Eso debieron pensar Aquilino y Gandulfo que empezaron a conversar en voz baja, casi en susurros.

G. le preguntó:

- Oye, sobre tu intento de suicidio...

- Dime.

- ¿Tú estás al tanto de la Gran Respuesta, verdad?

- ¿La Gran respuesta? ¿De qué demonios hablas?

- Ya sabes... la Gran Pregunta, la Gran Respuesta.

A. debió poner cara de no enterarse, porque Gandulfo hubo de ser más explícito y confidencial:

- Venga, ya sabes a lo que me refiero, a lo que nos espera después la muerte.

- Ah, claro. Mamá me lo contó a mí también. ¿Por qué sino habría de querer suicidarme?

 Yo escuchaba atentamente tan interesante conversación cuando de pronto un brutal estruendo me sobresaltó. Me giré hacia el lugar de donde procedía el ruido y allí vi una enorme polvareda. A unos veinticinco metros de donde nos encontrábamos había caído solidificada una nube. Por suerte no aplastó a nadie.