14 de agosto de 2010

[Capítulo 6] La metáfora de la pelotita de goma


Aquel primer despertar en el planeta Q fue de lo más placentero, sin jetlag ni historias. Las comidas de este bendito planeta -por abundantes que sean- no producen molestias ni ardores, ¡ni siquiera gases!

Y lo mejor de todo: la cama. Si los pobres terrícolas pensamos que no hay nada que supere a un buen colchón de visco-látex es sólo porque no conocemos este lugar.

En realidad son cámaras individuales que, por algún prodigio tecnológico, te mantienen suspendido en el aire constantemente a media altura. Además, para la total privacidad del durmiente sus cristales están tintados impidiendo -de paso- que cualquier mínima luz pueda molestarnos. Incorpora así mismo una especie de  humidificador que al contacto con nuestra piel desnuda emula el ambiente de nuestras condiciones de vida en el útero materno. Añade también un extra de oxígeno e hilo musical relajante y lo mejor de todo: el compartimento especial, que está equipado con unas píldoras relajantes -que según me garantiza Gandulfo no crean dependencia- las cuales, en combinación con un sencillo y cómodo sistema de alertas visuales y sonoras convierten esos “Nichos de Morfeo” en perfectas máquinas inductoras del sueño lúcido controlado a voluntad.  

Como yo ya estaba iniciado en los secretos de los sueños lúcidos, no me costó nada volver a tomar el poder de mi mente mientras dormía.

He pasado la mejor noche de mi vida, materializándose una tras otra increíbles ensoñaciones –casi todas de contenido sexual- tan vívidas que únicamente al despertarme he constatado que no han existido más allá de mi imaginación. Qué alucinante experiencia la de mi anhelado trío con Cate Blanchett y Liv Tyler. Y qué emoción al recoger el Nobel de Literatura en Estocolmo, el Planeta en Barcelona o el Oscar en Hollywood.

Pero hay que levantarse, que ya ha amanecido -¡dos veces!- y Gandulfo y A. me esperan para desayunar.

Aquilino, como yo, se había despertado resplandeciente.

- ¿Con qué exquisitez nos vas a sorprender para almorzar?– le pregunté a G.

- Pues como ya conocéis el idioma de este planeta no os voy a recitar la carta: la miráis vosotros mismos. Dicho lo cual oprimió un botón bajo la mesa y de pronto nos vimos envueltos por una proyección en tres dimensiones, sin gafas ni puñetas, con los distintos desayunos. Empezamos a consultar las diferentes opciones girando nuestras manos en el aire cual si espantásemos inexistentes moscas.

Lo que ayer mismo habrían sido unos esotéricos signos indescifrables en un idioma extraño ahora lo leíamos con total naturalidad, como si se tratara de nuestra propia lengua materna.

- Cuántas posibilidades de elección. Y no tengo ni idea de cómo sabrá cada una. ¿Qué me recomiendas según tu superior criterio? –solicité la ayuda de Gandulfo.

- Pues el que es sin duda el mejor desayuno del universo, que además es de importación terrícola, cómo no: un buen café con leche y unos churros. He de reconocer que nada en este planeta puede superarlo.

Mientras nos zampábamos los excelentes tejeringos qusianos Gandulfo nos preguntó adónde queríamos ir en nuestra primera jornada vacacional.

- Me apetece relajarme como lo hacemos en nuestro mundo: yendo a la playa –propuso A.

- Me apunto a esa idea- secundé.

- Pues no se hable más, nos vamos a la playa.


- Pero antes... –dije recordando los maravillosos sueños gozados durante la noche- ¿No podemos dormir otro ratito más?

- Empiezo a dudar de que la pastillita inductora onírica no cree adicción– reflexionó G. en voz alta con cierta sorna.

-No, no –me excusé algo avergonzado- es que en el psiquiátrico no dormía bien y tengo sueño atrasado, pero es igual, puedo aguantar. Aunque sí me gustaría que estuviésemos de vuelta por la tarde a tiempo de echar una siestecilla...

- Vamos, Sancho: ya te hartarás de dormir y saciar todas tus reprimidas fantasías gays durante el sueño -me dijo el siempre percuciente Aquilino-. Ahora vamos a disfrutar de la vida real.

- Oye A., ¿te has dado cuenta de que llevamos toda la mañana hablando en otro idioma?

- Pues no me había fijado, pero ahora que lo comentas, sí: tu gesticulación facial es rara, como la de los franceses.

- ¡La tuya también! – le dije al observar que cuando hablaba su boca adoptaba la forma y aspecto de una vagina palpitante.

Al poner mi pie fuera de la casa fue como un pequeño paso para mí, pero uno enorme para la humanidad. O no, pero me hizo sentir grande igualmente.

- Y si estáis tan avanzados en este planeta –le comenté a Gandulfo- ¿Cómo es que aún tenéis cabinas telefónicas públicas por muy de diseño que sean?

- No son cabinas, Sancho, son portales, nuestro transporte colectivo.

Aseguró que nos iba a llevar a la mejor playa del Continente.

- Bueno, no –corrigió- vamos a la segunda mejor playa, la visita a la primera la reservo para vuestro último día de estancia aquí, porque además es el principal lugar sagrado de nuestro planeta y sólo se puede ir peregrinando, los portales más cercanos están situados a varios kilómetros de allí.

Entramos en las cabinas e introdujimos nuestro destino. Aparecimos instantáneamente en otros portales situados al pie de la playa vice campeona continental.

Hacía unos años que yo no veía el mar e inevitablemente me asaltaron recuerdos infantiles asociados a aquel último verano en la playa, previo al fallecimiento de mis progenitores. Cuando el mundo aún constituía para mí un paraíso, antes de que todo se torciera.

Mi padre, Oficial de Artillería, por entonces acababa de regresar de Estados Unidos, donde había realizado durante todo un año un curso de especialista de misiles. Aprovechando esa ampliación de su bagaje consiguió un ascenso que implicaba un cambio de destino: debíamos abandonar Madrid para instalarnos en el sur de la Península, ya que su nueva Unidad tenía como misión la defensa aérea y marítima del Estrecho y se ubicaba cerca de Gibraltar.

Con papá de nuevo de vuelta en España y aquel traslado a un pequeño pueblo andaluz junto al mar, mi hermano Óscar y yo fuimos absolutamente felices en aquella nuestra Edad de Oro.

Tiempos que no volverán y que en mi memoria atesoro celosamente.

Uno puede encontrarse en un planeta maravilloso, con todo lo que cualquiera pueda soñar a su alcance, pero en el fondo nuestras obsesiones son caprichosas. Así cuando vi el mar no pude evitar rememorar la escena de mi vida que me obsesionaba, la que sucedió aquel verano en la playa frente al Peñón de Gibraltar, antes justo de que todo empezara a torcerse y emponzoñarse.

Una pelotita de goma, sí, una maldita pelota: esa era mi obsesión.

Y representó como si la pérdida de aquel sencillo juguete fuese el anuncio, el punto de partida de mis futuras desgracias.

La primera vez que la vi me quedé instantáneamente prendado de ella. Estaba expuesta en el kiosco de La Alameda, junto a aquella fuente que por las noches iluminaba de colores el agua eyectada en virgueros chorritos.

Compré mis chucherías habituales y no pude evitar preguntarle al kiosquero cuánto costaba la pelota. Aquello me desmoralizó porque su precio estaba definitivamente fuera de mi alcance.

No obstante, cada vez que paseábamos por La Alameda les señalaba a mis padres mi objeto del deseo y les pedía y suplicaba que me lo comprasen. No lo logré, pero tan insistente estuve que conseguí arrancarle a mi madre la promesa de que con el dinero que recibiera por mi primera comunión podría comprármela.

Desde entonces los días se convirtieron en un simple y pesado  trámite hasta que llegara el mes de mayo.

Y mayo llegó, e hice mi primera comunión. Según me entregaban los presentes me iba aproximando a la consecución de aquella absurda pero intensa obsesión infantil. Aún antes de que concluyera la celebración tomé el dinero que me hacía falta y corrí al kiosco a comprarme la pelota.

De mayor tamaño que mi mano, pero no tan grande como una de balonmano. Hueca, con unos puntitos sobresaliendo en su superficie, se adornaba con dibujos de varios colores, pero predominando el azul y lo que más me complacía era su elasticidad: estaba confeccionada con un material que hacía que botara bien alto cuando la dejabas caer al suelo.

La llevaba siempre conmigo, incluso a la playa, donde jugábamos también en el mar, por lo que empezó e perder algo de color sin que ello mermara mi estima hacia ella.

Todo tan idílico... hasta aquel día que pareció marcar mi destino.

Jugábamos Óscar y yo en el mar junto con otros niños, el agua nos cubría por la cintura a unos, por el pecho a otros, en círculo, pasándonos mi pelotita aleatoriamente hasta que Quinito la arrojó lejos, con más fuerza de lo necesario, hacia donde el agua nos cubría enteramente. Casi ninguno sabíamos nadar aún y los que sabían lo hacían torpemente. Mi amigo Javier -observando mi disgusto- intentó ir en su busca, pero la resaca empujaba a la pelota mar adentro, así que después de nadar unos metros Javier se rindió y regresó a la orilla.

Los otros niños, resignados porque se acabó el juego, se marcharon a buscar otra diversión, pero yo permanecí en la orilla buscando en el horizonte mi pelotita, que cada vez se alejaba más, con la esperanza de que las olas la trajeran de vuelta a la orilla.

Aquello no simbolizó tan sólo la pérdida de una pelota, parecía una advertencia: prepárate, pequeño, porque verás cómo desaparece todo lo que quieres en la vida y llorarás impotente su pérdida, observarás cómo se aleja cuanto amas sin que puedas evitarlo. Una dura lección para un niño.

Mis padres notaron mi abatimiento hasta el punto de que, sin que yo se lo pidiera, fueron al kiosco a comprarme una pelota igual a la que perdí, pero ya no quedaba ninguna, ni he vuelto a ver jamás una como aquella.

En casa teníamos un libro muy grande que era mi favorito y con el que me pasaba horas y horas fantaseando: un Atlas. Mi padre me decía que detrás de aquel mar en el que nos bañábamos, muy cerca, estaba África. En los días claros incluso se podía ver su costa. Para mí aquel continente constituía una fuente de fantasía inagotable.

Estudiaba aquello mapas, cotejándolos con los de las corrientes marinas, intentando predecir el trayecto de mi pelotita. África quedaba cerca, quizá apareciese en sus orillas y la cogiese Tarzán para jugar con Jane y Boy. O quizá atravesase el Estrecho y, ya en el Atlántico, se dirigiese hacia las costas americanas, o a lo mejor a la Antártida o al Polo Norte.

Pese a estos pronósticos, cada día al llegar a la playa lo primero que hacía era buscar con la vista mi pelota.

De la comedia a la tragedia. Unos días después comenzó una implacable persecución de la muerte en pos de mi hermano Óscar. El primer asalto de tan desigual duelo tuvo el mismo escenario que el de la desaparición de mi pelota.

Mi hermano y yo jugábamos en la orilla sin atrevernos a meter en el mar, porque estábamos en la sagrada hora de la digestión. Construíamos un castillo en la arena. Óscar tomó el cubo para llenarlo en la orilla, apenas el agua le cubría los tobillos cuando se agachó para llenarlo. En ese instante una corriente lo derribó. Por suerte cayó boca arriba sobre el mar, pero la corriente comenzó a arrastrarlo a una velocidad endiablada. Me giré y corrí a toda prisa hacia el chiringuito en el que se encontraban mis padres jugando a las cartas, mientras gritaba con todas mis fuerzas:

- ¡Óscar se ahoga! ¡Óscar se ahoga!

La arena hacía que mi veloz carrera pareciese proyectarse a cámara lenta y yo seguía gritando con toda mi alma. Aún no me había detenido cuando me crucé con mi padre, que esprintaba hacia la orilla y llegado a ella se arrojó de cabeza al agua, a la misma corriente que generaron las desembocaduras de los ríos Guadarranque y Palmones. Increíblemente mi padre logró alcanzar a Óscar y nadó con él hasta salirse de la corriente, consiguiendo regresar a la ribera.

Mi hermano, ya a salvo en la arena, le decía a nuestra madre:

- Mamá, me he matado.

Y aquí y ahora, en un lugar tan lejano, rememorando aquellos remotos sucesos, no puedo dejar de maravillarme con la contemplación de esta espectacular playa en la que nos encontramos. El mar del planeta Q no es como el nuestro, su color es de un azul más intenso que el de nuestras mejores costas caribeñas, un azul algo lechoso, como el de la Blue Lagoon de Islandia. El agua es más densa y pese a no ser tan salina se flota mejor. La arena de las playas en este planeta es casi siempre rosada, en distintas tonalidades que pueden llegar hasta el púrpura, los granos son de mayor tamaño, porosos, se desprenden fácilmente de la piel y no aumentan tanto su temperatura al recibir los rayos de sus dos soles, son más agradables al tacto de la piel.

Me sorprendió que cuantos bañistas vimos anduvieran en cueros vivos. G. me explicó que allí todas las playas son nudistas y que no existía ninguna prenda de ropa llamada bañador o traje de baño en el vocabulario de ninguno de los idiomas qusianos, que aquel era un absurdo invento terrícola contra natura.

-Ya, pero eso os lo podéis permitir vosotros  –maticé- porque aquí estáis todos muy delgaditos...

Le pregunté a Gandulfo si bañarme en aquellas aguas sería beneficioso para mi piel, como me ocurre en la Tierra. Me explicó que sí, pero que la mayor virtud del agua de sus mares consistía en acabar con la alopecia y no sólo eso, sino de coadyuvar a la consecución de una poblada cabellera. Como mínimo adverso efecto secundario de las altas exposiciones a las aguas marinas qusianas refirió episodios de priapismo leve.

Ni que decir tiene que aquella mañana estuve cinco horas en el mar, casi todo el rato buceando. Luego nos acercamos a un chiringuito donde me cargué unas “Q-birras wifi” acompañando a un bocata de unos sesenta centímetros de largo por otros veinte de ancho, de una especie de súper-calamares deliciosos de amigable textura. Y sin hacer la digestión ni nada -dada la óptima temperatura del agua- volví a zambullirme otro par de horas, con inmersiones capilares constantes, hasta que –extenuado- salí a tumbarme en la arena.

Le pregunté a G. si no sería prudente untarse alguna crema protectora, dado que allí nos alumbraban dos astros. Me comentó que en modo alguno, ya que la fina atmósfera de su planeta contenía los suficientes elementos filtrantes per se.

Me tumbé cómodamente. Con lo fatigado que me encontraba y con el relax que me producía el sonido de las pequeñas olas rompiendo en la orilla, así como el verme mecido por tan suave y agradable brisa, estuve a punto de quedarme dormido.

Eso debieron pensar Aquilino y Gandulfo que empezaron a conversar en voz baja, casi en susurros.

G. le preguntó:

- Oye, sobre tu intento de suicidio...

- Dime.

- ¿Tú estás al tanto de la Gran Respuesta, verdad?

- ¿La Gran respuesta? ¿De qué demonios hablas?

- Ya sabes... la Gran Pregunta, la Gran Respuesta.

A. debió poner cara de no enterarse, porque Gandulfo hubo de ser más explícito y confidencial:

- Venga, ya sabes a lo que me refiero, a lo que nos espera después la muerte.

- Ah, claro. Mamá me lo contó a mí también. ¿Por qué sino habría de querer suicidarme?

 Yo escuchaba atentamente tan interesante conversación cuando de pronto un brutal estruendo me sobresaltó. Me giré hacia el lugar de donde procedía el ruido y allí vi una enorme polvareda. A unos veinticinco metros de donde nos encontrábamos había caído solidificada una nube. Por suerte no aplastó a nadie.

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