16 de agosto de 2010

[Capítulo 3] La apuesta



A. era un tipo de una estatura normal, en gran forma física, de cabello castaño y bien parecido. Aparentaba una edad de veintipocos años, nadie diría que tenía más de dieciséis milenios. Cuando le pregunté su edad y escuché su sincera y curiosa respuesta no pensé que era un chiflado, más bien un cachondo mental.

Me pegué a él desde que lo internaron, porque me atraía magnéticamente. En aquel entorno deprimente del Sanatorio Esquerdo -frente a las ruinas de la cárcel de Carabanchel y el Centro de Internamiento de Extranjeros- necesitaba a mi lado a alguien que me ofreciese un poco de alegría de vivir y él cumplía exitosamente esa misión, pese a que me trataba con una molesta superioridad condescendiente. 

Su sentido del humor me dio la vida, imitaba a los doctores, a los celadores, a las enfermeras y a otros pacientes con un gran ingenio. De un vistazo le cogía el punto a cada persona, le sacaba un defecto y lo explotaba cómicamente, a menudo con un punto de crueldad.

- Eh, puto pirado gay, ¿te apuestas cincuenta euros a que esta noche consigo que una anoréxica coma un poco de carne?- me desafió.

- Oye, A., -yo le llamaba así porque el nombre de Aquilino me parecía ridículamente anacrónico- el hecho de no querer secundar tu absurdo plan de colarnos esta noche en el edificio de las anoréxicas no me convierte en gay, es sólo que están a punto de soltarme y no quiero meterme en líos, ¿vale?

- Lo que tú digas, señorita Sancho, ¿pero hacen los cincuenta pavos?

- De acuerdo, pero estás enfermo. Muy enfermo.

Naturalmente el hecho de que mi apellido sea Barriga le hizo tanta gracia que decidió convertirme en su escudero: 

- Sancho Barriga en vez de Sancho Panza, pero me valdrás igual como escudero interplanetario. ¿Eh, jodido loco, quieres venirte conmigo a otro planeta? Seguro que allí podré buscarte alguna insulita para que la gobiernes.

- Pues claro que sí, mi señor don Aquilinote, no dude que le seguiré en sus gestas espaciales para conseguirme una ínsula que poder legar a mi futura prole, que la tendré, porque no soy gay y soy fértil.

La cosa no pasaba de ser una más de sus excentricidades, hasta aquel día en el que se puso solemne al hablarme:

- Oye, Sancho, ¿en serio quieres venirte conmigo a otro planeta?

- Pues claro que sí- dije sonriendo siguiéndole lo que consideraba una de sus bromas.

La durísima expresión de su mirada me fulminó y volvió a preguntar con rostro severo:

- Te lo digo en serio, ¿te vienes o no? Porque si lo haces tendrás que pedirte una excedencia en el trabajo... no sé cuándo regresaremos, ignoro cómo funciona el tema del traslado en cuanto a la dimensión tiempo.

Lo de la excedencia me lo planteó porque él ya conocía mi situación y los motivos de mi internamiento. 

En realidad nunca pretendí suicidarme. 

Yo, Sancho Barriga, soy un treintañero madrileño de cabello moreno, complexión normal... está bien: algo bajito y quizá un poco pasado del peso ideal (y cada día con menos cantidad de cabello moreno, lo reconozco) que tras unos años de esfuerzo conseguí aprobar unas oposiciones de Auxiliar de Justicia. Y no soy gay, es sólo que he tenido poca suerte con las mujeres y desde que me dejó mi anterior novia no he querido volver a saber nada de ellas. Vale, mi anterior novia y mi primera novia son la misma persona, pero tampoco quiero dar una imagen de patético.

Tras vagar algún tiempo por la geografía española de destino en destino, al fin conseguí la anhelada plaza en un juzgado madrileño. Parecía que había llegado a la meta, a mi paraíso profesional, pero el Destino es travieso y mi juez resultó ser un auténtico tirano que nos trataba como a basura y muy dado a expedientar a sus trabajadores. 

Hasta que al fin un día nos unimos y quedamos en darnos de baja todos los compañeros a la vez para llamar la atención sobre nuestra situación, dado que nuestras múltiples reclamaciones en las distintas instancias apropiadas para ello  no habían dado ningún resultado, aparte de encabronar más al juez en cuestión, que cada vez nos trataba peor. 

Resultado de nuestra insurrección fue que nos enviaron a todos los enfermos a unos inspectores médicos que revocaron una por una todas las bajas. Como la mía era una baja psicológica -y yo fui uno de los cabecillas de la rebelión- intenté dar ejemplo de resistencia comprometida ante mis camaradas con mi falsa tentativa de suicidio, ante la que los inspectores médicos se acojonaron y volvieron a dejarme en situación de baja psicológica. Eso sí, mi atrevimiento me valió una orden de internamiento judicial en el sanatorio Esquerdo. Parece ser que cuando luchas contra el sistema aunque parezca que ganas siempre pierdes.

Así que ya conocen el motivo de mi estancia en el Psiquiátrico.

Y aunque les parezca una locura por mi parte hice caso a A. y en una de mis salidas –ya me daban permiso varias horas al día para pasear fuera del manicomio- solicité la excedencia en mi puesto de trabajo. No porque pensase realmente que A. era un semidiós que me iba a llevar a otro planeta, pero sí sabía que aquel tipo no era normal. En cierta ocasión, en una de sus bromas con un loco se le fue la mano y el pirado objeto de burla le atacó repentinamente, infiriéndole unos importantes cortes en el culo con un trozo de un azulejo roto. 

Esa misma tarde fui a verlo a su habitación, acababa de ducharse y mientras se cambiaba, de espaldas a mí, le miré el culo y vi que no tenía ni un solo rasguño, ni la más mínima marca de la bestial agresión que sufrió esa misma mañana. 

Me sorprendió mirándole, asombrado, su inmaculado cuerpo desnudo y se limitó a decir:

- ¿Ves como eres gay? Me estás mirando el culo y parece que te gusta.

- No soy gay, estaba viendo que no te queda ni una señal de los cortes del pirado.

- Ya te dije que soy un semidiós, tontorrón. Y sí, eres gay: tenías la boca abierta, ¡vamos, sal del armario, casi babeas!

También A. desprendía un magnetismo y una seguridad extraña, no lo veías como a un tipo que hubiese conocido el hambre y las calamidades, y cuando le conté que soy huérfano y que no tengo hermanos ni familia alguna, él me aseguró que se ocuparía de mí cuando nos marchásemos si pedía la excedencia.

Y como quiera que se empeñara tanto en que lo acompañase y dado que en cuanto saliera del manicomio tendría que bajarme los pantalones y regresar al juzgado cabizbajo para que el abusón del juez Martín Cubo se saliera con la suya y siguiese humillándome junto al resto de los cobardes de mis compañeros... decidí darle el sí a A. (no soy gay).

Lo cierto es que ya anteriormente pensé en pedirme una excedencia, porque soy muy manitas con los ordenadores y por las tardes a menudo iba a la tienda de un amigo mío que tiene un pequeño negocio de informática. Él me invita a unas cervezas y yo le ayudo con las reparaciones mientras mato el tiempo a la vez que aprendo algo. Así que podría ganarme la vida de este modo -llegado el caso- hasta que pusiese fin a mi situación de excedencia.

A la mañana siguiente A. se acercó a mí con una sonrisa y me dijo:

- Chalado, tengo dos noticias: una buena y una mala.

- Primero la mala.

- La mala es que me debes cincuenta euros, mira -
me dijo mientras me mostraba en su teléfono móvil un vídeo en el que una de las que sin duda era una anoréxica (por sus marcadísimas mandíbulas y las aconcavadas y tristes cuencas de los ojos) le practicaba una felación- ¿Ves cómo conseguí que comiera carne? Pero no, no te vayas aún, sigue mirando, que ahora viene lo mejor: cuando se va a tragar la leche y le digo que no lo haga porque está muy gorda.

Me quedé mirándolo con cara de horror y dijo:

- Que no, hombre, es coña: dejé que se la tragara toda, que la broma me costó veinticinco pavos.

- ¿Sabes, A-qui-li-no? Me sorprende que después de la terrible y trágica pérdida que acabas de sufrir tengas este comportamiento tan... sorprendente: todo el día de risas y bromas, colándote en el bloque de las anoréxicas para tener sexo. Es chocante.

- Pequeño Sancho –me dijo en tono serio, algo afectado por mi reproche- después de perder a mi mujer y a mi hija me quedaban dos opciones: o comportarme así y vivir la vida sin mirar atrás o suicidarme. Sabes que elegí suicidarme, pero no puedo hacerlo, así que permíteme que no vaya arrastrando penas eternamente y que intente disfrutar de la vida, que ya me cuesta... ¡Ah, y otra cosa! Estoy harto de que pongas esa expresión cómica cuando pronuncias mi nombre, entonándolo con acento antiguo e irónico, mira: te he recortado esta página de la guía telefónica y verás que te subrayado a tres usuarios que se llaman Aquilino ¡en una sola página! Así que queda demostrado que mi nombre no es anacrónico y me debes los cinco pavos que apostamos.

- Está bien, está bien, mis disculpas, no quería ofenderte. ¿Y por cierto, cuál era la buena noticia?- pregunté mientras le daba un billete de cincuenta y otro de cinco.

- La buena noticia es que esta misma noche nos largamos de  este planeta, si es que no te rajas. No olvides traerme un periódico cuando salgas esta tarde de paseo.
 
- ¿Y cómo es eso de que nos largamos esta noche, acaso ya has reparado tu platillo volante o qué?

- ¿Te acuerdas de Gandulfo, el pirado que ingresó esta mañana a primera hora en nuestro pabellón, el tipo con el pelo largo y blanco como su larga barba al que apodaste Gandulfo por su parecido a Gandalf?

- Sí, claro, el Gandulfo, vaya tipo raro.

- Pues él es el enviado que esperaba de mi madre para sacarnos de la Tierra. ¡Nos vamos a su planeta!

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