15 de agosto de 2010

[Capítulo 4] La última cena en el manicomio




Aquella tarde al volver de mi paseo le llevé a A. el periódico que me había encargado. Al entregárselo me dijo que esa noche, después de cenar, nos reuniríamos en su habitación con Gandulfo para largarnos del planeta Tierra.
 
Le pregunté con curiosidad para qué quería el periódico, si nunca le había visto hasta hoy leyendo la prensa.

- Siempre puede sernos de alguna utilidad en un planeta extraño, además así tenemos una referencia de la duración del viaje cuando se acaben nuestras vacaciones espaciales y finalmente regresemos.
 
- Bueno, –le dije poco satisfecho con su respuesta- me voy a mi habitación a hacer la maleta. Oye, ¿al planeta ese al que vamos llevo ropa de invierno o de verano?
 
- Ni idea, no te cargues mucho y echa lo que tengas, mi hermanastro proveerá.
 
- ¿Tu hermanastro?
 
- Sí, parece que Gandulfo es también hijo de mi madre y su padre era un mortal del planeta al que vamos- me respondió mientras empezó a rellenar las casillas del sudoku del periódico.
 
Una vez llegué a mi habitación, estando solo empecé a aterrarme.
 
¿Qué coño estás haciendo, Sancho?, me preguntaba a mí mismo. Te vas a fugar de una institución psiquiátrica, con nocturnidad, en compañía de un par de tarados que se creen semidioses, habiendo renunciado voluntariamente a ese puesto de trabajo que tanto te costó conseguir, ¡y en plena crisis económica mundial!
 
Llegué a plantearme si realmente el sitio más adecuado para mí no sería precisamente este manicomio.
 
También me sentí abrumado por la pereza, A. no me había dado ningún detalle del plan de fuga, quizá hubiera que serrar barrotes, saltar vallas, esquivar a guardianes, huir de la policía, hacer un largo desplazamiento hasta el escondite campestre en el ocultasen su OVNI o lo que sea que pensasen usar para huir del planeta. Uf, en qué lío me he metido.
 
Me tumbé en la cama intentando relajarme, pero sin poder evitar pensar en la gran mierda en la que se había convertido mi vida en los últimos meses, especialmente desde que me abandonó Marta, mi ex, la cual ni siquiera me puso los cuernos, sino que simplemente argumentó el día que se fue que yo era aburrido.
 
- Me aburres, Sancho -esa fue la explicación que me dio.- Todo el día en casa sin salir ni un solo fin de semana. No te gusta bailar, ni salir de compras, ni relacionarte con otras personas, ni simplemente pasear, tú nada más que leer en solitario, el ordenador y los malditos partidos de fútbol, ¡que ya te ves hasta los amistosos!
 
- Cari –protesté- pero si vamos muchas veces al cine...
 
- Sí, al cine, ¡menuda cosa! Para esa mierda nos quedamos en casa viendo la tele en tu maravilloso plasma de tropecientas pulgadas. ¡Y la basura de películas que me llevas a ver! Los rollos esos centroeuropeos o asiáticos subtitulados en los que se ve crecer la hierba, menudo tostón.
 
- Cari, Kaurismäki no es centroeuropeo, es finlandés, y me dijiste que te gustó la peli...
 
- Lo siento, Sancho, ahí te quedas, seguro que encontrarás a alguien compatible contigo y te hará más feliz que yo.
 
- Pero si yo estoy encantado contigo, Marta...
 
Me miró con cierta lástima, con un amago de lagrimillas en los ojos, pero se dio la vuelta y cerró la puerta de mi apartamento tras de sí. Desde entonces no he vuelto a verla, aunque sí me hice un perfil falso de tío guay en Facebook y he visto que su estado sigue diciendo que en la actualidad no está en una relación sentimental con nadie.
 
Le envié un e-mail explicándole que estaba dispuesto a cambiar para volver con ella, pero jamás recibí una respuesta.
 
No sé cómo se llegó a enterar de que me internaron en el psiquiátrico, pero esa misma semana me envió un sms que decía: 

“Espero que te mejores pronto, Sancho, no vuelvas a hacer locuras, por favor. ¡Un beso muy grande!”
 
La llamé en cuanto leí el mensajito, pero no me cogía el teléfono. Finalmente decidí no presionarla para sacar provecho de mi penosa situación y simplemente le envié otro mensaje a su móvil:
 
“Me han metido en este manicomio porque estoy loquito por ti. Si alguna vez quieres volver a aburrirte llámame, que te estaré esperando”.
 
Al instante vibró mi celular y vi otro sms suyo:
 
“Recupérate pronto, de verdad, me duele que estés ahí así. Hasta siempre”
 
Y ahí acabó nuestra relación, que racionalmente ya doy por perdida, pero que secretamente sigo esperando y deseando recuperar. Aunque teniendo en cuenta mi comportamiento actual no voy muy encaminado...
 
Preparé una mochila con los enseres que pude meter y me dispuse a dejarme llevar por los dos majaretas semidivinos. Esto ha de ser forzosamente divertido, o al menos una gran historia que contarle a mis nietos (cuya abuela sería Marta, qué demonios, ¡arriba ese ánimo!)
 
Llegó la hora de la cena: una sopa insípida y una triste tortilla francesa con lechuga, qué asco.
 
- Oye, ¿qué tal es la comida del planeta ese al que vamos?- le pregunté a A., que miraba su bandeja de comida con unos ojos tan tristes como los míos.
 
- No tengo ni idea, Sancho, pero forzosamente ha de ser mejor que esta bazofia. Deja de preocuparte, ¿quieres? Y confía en mí.
 
- ¿Os vais a otro planeta? –preguntó un alcohólico que estaba sentado en el extremo opuesto de la mesa que ocupábamos-. Llevadme con vosotros, yo soy de Ganímedes.
 
- Lo siento, tío, nuestro platillo es biplaza, otra vez será.- le contestó A.
 
Dios, mío, lo que faltaba, otro pirado que se cree extraterrestre, en qué movida me estoy metiendo. Me dio un ataque de sensatez y estuve a punto de rajarme, pero tampoco me atrevía a enfrentarme a A.
 
Nos levantamos y al pasar al lado del alcohólico me metí la mano en el pecho y le dije muy serio:
 
- Soy Napoleón y voy a invadir Ganímedes y a confiscar todo el vino de allí.
 
El borracho se me quedó mirando frunciendo el ceño mientras me señalaba con el dedo índice y luego se llevaba el pulgar al cuello con un movimiento horizontal, como amenazando con cortarme el pescuezo.
 
- No le cabrees, Sancho. ¿Qué te pasa, estás nervioso?
 
- ¡Vaya! El señorito puede vacilarle a todo el mundo y yo no puedo gastar una simple bromilla.
 
- Hay que saber a quién hacerle las bromas y en el momento oportuno, no tienes mucha gracia, tío.
 
- Ya, como tú el día aquel que te atacó el del azulejo, ¿no? Lo pillo, -le reproché con evidente sarcasmo- además que sepas que lo de Napoleón en un manicomio es todo un clásico.
 
Cuando llegamos a la habitación Gandulfo ya estaba allí.
 
- ¿Dónde vas con este tipo?- le preguntó a Aquilino con indisimulado fastidio.
 
- Él viene con nosotros.
 
- Pero mamá no me dijo nada de terceras personas, sólo he venido a por ti.
 
- O viene él conmigo o no me voy a ninguna parte, ¿vale? A ver cómo le explicas a mamá después que te has vuelto de vacío.
 
Gandulfo, tras meditarlo un momento -mientras se mesaba sus largas barbas blancas- al fin accedió:
 
- Está bien, sea como quieres, pero es tu responsabilidad.
 
- La asumo plenamente.
 
- Bien- intervine algo ansioso- ¿cómo vamos a conseguir salir de aquí y hasta dónde hemos de ir a por el platillo volante?

Gandulfo y A. se miraron sorprendidos por un instante y empezaron a reírse descontroladamente.
 
Al principio me sentí un poco incómodo porque se estaban burlando de mí descaradamente. Luego pensé que al fin A. reconocía que todo se trataba de una gran broma que había tramado contra mí y que al fin iba a descubrirse el pastel y a  burlarse de mí cruelmente durante semanas. Cuando ya llevaban un rato muertos de risa, con lágrimas en los ojos, con sus ‘divinas’ mejillas sonrosadas y sobre todo cuando empezaron a revolcarse por suelo sin poder parar de carcajear, entonces sí que exploté:
 
- No tiene ni puta gracia, ¿sabes? ¡He pedido una jodida excedencia en mi trabajo! Mierda, yo ya sólo estoy aquí por no volver al juzgado, pero puedo salir de este manicomio en cuanto lo solicite, ¿sabes? Te has pasado varios pueblos, en serio, Aquilino. ¡Te has pasado mucho!
 
- No, jajaja. No, pfffff, espera. No me río de eso, pffff, ay, espera, que no puedo hablar. Dame un minuto, jajaja –trataba de explicarse intentando, sin mucho éxito, ponerse serio-. Sí nos vamos a ir, en serio, me río de lo del “platillo volante”, jajaja. Qué ocurrencia, si viajásemos por el espacio ese tiempo y a esa distancia moriríamos en seguida por las radiaciones. No te mosquees, en serio, sólo confía en mí como te pedí, pronto saldrás de dudas.

Gandulfo se tapaba el rostro con ambas manos intentando ocultar que aún seguía descojonándose de mí. La mirada de pocos amigos con la que le obsequié le hizo recobrar al fin la seriedad y se fue a cerrar la puerta de la habitación.
 
- Venga, ¿nos vamos ya?- le preguntó a Aquilino.
 
- Adelante, que de lo contrario al amigo Sancho le  va a dar algo, al pobre.
 
Gandulfo giró la muñeca y se quitó el original reloj que llevaba. Presionó una combinación de dos botones y de pronto la pulsera de plástico pareció convertirse en una especie de blandiblú extraño. Empezó a estirarlo y fue aumentando gradualmente su diámetro hasta convertirse en algo similar a un hula-hoop. Entonces lo depositó en el suelo, presionó otra combinación de botones y toda la superficie del interior de la correa pareció convertirse en un espejo raro, como de cristal líquido.
 
- ¿Dónde conecta el portal? – le preguntó A.
 
- No te preocupes el otro portal está dentro de mi casa, es seguro, no hay nadie.
 
Conforme con la respuesta, Aquilino se metió dentro del círculo, se agachó para agarrar con ambas manos la correa del reloj y la fue levantando lentamente a la vez que su cuerpo iba desapareciendo dentro del portal, cuando subió por encima de su cabeza, soltó la pulsera y esta volvió a caer al suelo sin que hubiera quedado rastro de A.
 
- ¿Él ya está allí?- le pregunté a Gandulfo realmente asombrado, sin poder cerrar del todo mi boca.
 
- Sí, es mejor que un OVNI, ¿eh? Jajaja. Vamos es tu turno.
 
Con algo de miedo me situé dentro del círculo y fui envolviéndome en el extraño líquido, una vez me cubrí del todo solté el reloj y al instante aparecí en una amplia estancia de una curiosa edificación con una arquitectura realmente hermosa. Allí estaba esperándome risueño Aquilino, que me dio un abrazo amistoso y se disculpó por las risas de antes.
 
- No te preocupes por eso -le excusé sin salir de mi perplejidad, abrumado por la insólita experiencia.
 
¿Saben? Lo primero que hice en cuanto Gandulfo se reunió de nuevo con nosotros fue asomarme a un hermoso ventanal y mirar hacia el cielo. 

¡Había dos soles! ¡Y el cielo era amarillento!

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