16 de agosto de 2010

[Capítulo 1] Los colores del cielo


De pequeños somos especialmente impresionables, pero durante el transcurso de la vida vamos desarrollando resistencias ante la sorpresa, nos endurecemos ante lo maravilloso.

Recuerdo en mi infancia a aquel niño que fui, sentado en el pupitre de la escuela. El maestro nos indicó que teníamos que dibujar un paisaje. 

Ante esta tesitura tracé una raya horizontal para dividir cielo y tierra. Sobre la misma edifiqué una casa de campo, con su altillo con un circulito que representaba una ventana redonda, abajo una puerta principal de entrada, una chimenea –con su humo- en el tejado y unos ventanales rectangulares. 

A ambos lados de la casa, pero también sobre la línea del horizonte dibujé unos grandes árboles, primero un grueso tronco del que se bifurcaban tres ramas, una central y dos laterales, alrededor de las cuales nacían unas curvas que iban envolviendo la parte superior –con un gran volumen- y que representaban las hojas sin ningún detalle.

El paisaje lo completé colocando unas cumbres montañosas al fondo, a la derecha, con sus picos nevados, cinco o seis. El lado izquierdo –que quedaba más vacío- lo rellené dibujando un sol, con sus rayos luminosos simbolizados por unas rectas, una grande y una pequeña, una grande y una pequeña, y así todo en torno a ese gran sol del ángulo superior izquierdo. Más a su derecha coloqué unas nubes, por rellenar.

Y por fin un detalle para completar la mitad inferior del horizonte: de la puerta de la casa nacía un caminito que iba serpenteando hasta perderse por la parte baja del folio, haciéndose cada vez más ancho para dar una cierta sensación de profundidad.
 
Una vez acabada la tarea el profesor nos dijo que coloreásemos nuestros dibujos.
 
El caminito lo pinté de color marrón, como la tierra. Todo a su alrededor era verde, la hierba. El sol era amarillo. Las nubes las pinté grises. La casa de blanco quedaba bien, aunque la puerta era marrón, como los troncos de los árboles cuyas hojas eran verdes. Las montañas también iban en marrón, excepto las cumbres nevadas que las dejé blancas.

Sólo me quedaba por colorear el cielo. Allí metido dentro del aula no podía ver el color del cielo y no conseguía recordarlo.
 
De noche era negro y en los atardeceres naranja, ¿pero de qué color era durante el día? Tras pensarlo un rato tomé la determinación de que, dado que era muy luminoso y que el sol era amarillo, el cielo también había de ser amarillo, aunque no tan amarillo como el sol, claro. Así que me puse a colorear el cielo de amarillo.
 
En ello estaba cuando mi compañero de pupitre me dijo que el cielo era azul. Me costaba creerlo, pero miré su dibujo y su cielo azul parecía más real que mi cielo amarillo. No obstante me quedé con la duda.
 
Aún hoy, tantos años después, recuerdo que nada más salir de clase miré al cielo. Y aquella fue una de mis primeras grandes sorpresas en la vida...  era cierto: el cielo era azul y hasta ese momento yo no había sido consciente de ello.
 
Mi compañero de pupitre me vio cómo contemplaba asombrado su cielo azul y riéndose de mí me propinó una sonora colleja:
- ¿Ves, tonto, como es azul?

Cuánto me gustaría encontrarme de nuevo hoy en día con aquel compañero del colegio y devolverle su colleja demostrándole que mi cielo amarillo no era tan descabellado como él pensaba. No al menos en otros planetas...

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