15 de agosto de 2010

[Capítulo 5] Néctar y ambrosía con diamantes




No pude resistir la tentación de fotografiar aquel cielo amarillento con mi móvil.

- Caray, aquí no tenemos cobertura –dije contrariado al pensar que acababa de perder cualquier mínima posibilidad de comunicar con mi amada Marta.

- Claro, –me explicó Aquilino- Gandulfo ha cerrado el portal y ha desactivado el que dejamos en la Tierra, que ahora no es más que un inútil reloj que da la hora de este planeta. No querrás que esto se nos llene de pirados...

- Oye, los techos de tu casa son altísimos -le comenté a Gandulfo- ¿Tan enormes son los habitantes de este planeta?

- No. Son de media similares a nosotros, pero como bien notaste cuando hace un momento estuviste dando saltos como un crío, aquí la fuerza gravitatoria es menor que en la Tierra.

- Sí, me encanta. Espero que en este planeta juguéis al baloncesto porque estoy deseando hacer mi primer mate– confesé entusiasmado.

- Pongámonos un poco serios –dijo Gandulfo-. Antes de nada he de daros algunas explicaciones mínimas  para que conozcáis básicamente este mundo y podáis moveros por él con habilidad para disfrutar de unas gozosas vacaciones.

A. y yo nos sentamos en su sofá, confeccionado con algún extraño material que lo hacía confortabilísimo, o quizá sólo fuese que la menor gravedad me hacía sentir agradablemente ligero.

Nos dispusimos con interés y excitación a escuchar sus explicaciones acerca del planeta Q.

Que, por cierto, en realidad no se llama planeta Q, este fue un mote que le pusimos A. y yo días después. Ocurrió cuando visitamos el famoso mirador desde el que se divisaba una de las maravillas del planeta, algo así como nuestro terrícola cañón del Colorado, pero allí eran dos enormes colinas redondeadas que parecían exactamente un orondo y gigantesco culo.

Por eso lo empezamos a llamar entre nosotros el planeta Culo y finalmente lo abreviamos a planeta Q, para no ofender a los nativos.

Gandulfo nos contó que Q tenía un diámetro unas diez veces inferior que el de la Tierra. Que gira en torno a una estrella doble y que la elíptica del planeta alrededor de sus dos astros gemelos es mayor que la de la Tierra, por lo que los años son allí mucho más largos.

Tienen tres satélites. Uno principal que se ve más grande que nuestra Luna porque está más próximo al planeta, no porque sea realmente mayor. El segundo y el tercer satélite son casi del mismo tamaño, aproximadamente la mitad de nuestra Luna, vista desde la superficie del planeta.

Uno de ellos está rodeado por un anillo gaseoso y el otro es el único de los tres que es habitable y de hecho se usa como destino turístico de lujo.

En el planeta Q -a diferencia de nuestro planeta azul- el agua apenas llega a ocupar un cincuenta por ciento de la superficie.

Existen tres continentes, uno muy extenso y otros dos menores, sin contar con varios archipiélagos sueltos. Gandulfo vive en el continente principal.

En Q los fenómenos meteorológicos, volcánicos y terremotos son muy suaves e infrecuentes, apenas hay tormentas importantes, ni huracanes, ni inundaciones. Eso es un alivio. En cambio nos habló de un preocupante suceso que acontecía cada día inevitablemente: una nube se solidificaba instantáneamente y caía a plomo sobre la superficie del planeta. Por suerte sus nubes son bastante pequeñas, lo cual no sirve de consuelo si te tocaba la desgracia de que la nube cayera sobre tu casa destruyéndola. Al rato de impactar sobre la superficie se derretían, dejando ese suelo muy fértil para el futuro, pero el daño ya estaba hecho.

La población del planeta no es muy grande, apenas una docena de millones de criaturas lo habitan. El continente más poblado  es este en el que nos encontramos, que es el único que cuenta con gente de las tres razas.

Eso me resultó lo más chocante, lo de las tres razas. Gandulfo nos lo explicó. Él es un “umas”, la raza más numerosa, casi idéntica a nosotros los humanos.

La otra raza son los “nosos”, menos corpulentos, más feotes, y cuya principal diferencia con los humanos y los “umas” es que tienen la nariz del revés, es decir: les nace cerca de los labios y va subiendo invertida hasta la punta, que acaba cerca de los ojos, con los agujeritos hacia arriba, algo que debe ser incómodo y aparentemente poco práctico desde un punto de vista evolutivo.

Curiosamente estas dos razas no pueden cruzarse entre sí, un “umas” puede tener relaciones con una “nosos” sin necesidad de tomar precauciones porque es biológicamente imposible que quede encinta. Ídem con un “nosos” con una “umas”.

La tercera raza y con diferencia la más minoritaria -nos comenta confidencialmente Gandulfo- es un regalo de los dioses: las “domis”. Y digo “las” porque en esa raza sólo hay mujeres.

Son fruto de la directa intervención de la ingeniería genética de los dioses. Cogieron a la más hermosa de las “umas” y -a partir de su genoma- fueron manipulando con el fin de clonarla y convertir a los seres resultantes en su particular servidumbre doméstica y sexual.

Una vez fueron sustituidas, tiempo después, por una versión mejorada de “domis 2.0”, los dioses, en vez de acabar con ellas, las dejaron en el planeta Q para el disfrute de sus habitantes y para mejorar las razas.

Las malas noticias son que su población apenas llega a los dos mil ejemplares y que todas las “domis” son genéticamente idénticas, indistinguibles unas de otras.

Las buenas noticias son: su indiscutible belleza -rubias de ojos azules con rostro perfecto, piel aterciopelada y cuerpos esculturales- y que incorporan grandiosas mejoras genéticas: sexos muy estrechos y húmedos, sensibilidad extrema al placer e insensibilidad al dolor (¡también en el ano y en la boca!). La abundantísima saliva que segregan es comestible y su sabor es delicioso, aunque es más exquisito aún su flujo vaginal. Y lo mejor de todo es que están programadas para alcanzar la felicidad extrema practicando el sexo y dando masajes y caricias, de lo contrario se deprimen profundamente. En definitiva: unas mega-ninfómanas muy complacientes y trabajadoras, equipadas con el gen de la larga vida, aunque no son inmortales.

Cuando nos contaba lo de la raza de las “domis” no pude evitar interrumpir a Gandulfo para preguntarle:

- Oye, qué machistas los dioses, ¿por qué no existen también “los domis”?

- ¿Lo ves? –saltó A. con su maligno oportunismo que ya empezaba a fastidiarme- ¿Ves cómo eres gay?

- Oye, no te equivoques, que yo lo que quiero ¡y lo quiero ya!, es conocer a una de esas mujeres. Gandulfo ¿cómo se dice en vuestro idioma “estudias o trabajas”?

- Ah, es cierto, lo olvidaba –recordó -. He de implantar en vuestros cerebros el kit con nuestros idiomas.

- ¿Vas a perforarnos el cráneo para meternos un chip o algo así? –pregunté con cierto terror.

- No es necesario, os tomáis estas píldoras y el chip sabrá encontrar el camino y el modo de alojarse en vuestros cerebros. Mañana al despertaros podréis conversar con cualquier habitante de este lugar.

A. y yo nos miramos complacidos.

O sea que tú –le comenté a Gandulfo- ahora mismo llevas un chip con el kit de los idiomas terrícolas incorporado en tu cabezota.

- Exacto, con todos los idiomas importantes de la Tierra.

- ¡Pedazo de curriculum! No pasarías hambre en nuestro planeta, desde luego.

- Y hablando de hambre, ejem... –insinuó A. mirando a Gandulfo.

- Sí, perdón, llevamos horas charlando y no os he ofrecido nada de comer, soy un mal anfitrión.

- ¿No existe aquí un equivalente del Telepizza o algo similar?  -sugerí apremiado por mi hambre canina-. He recorrido tu casa de arriba a abajo en busca de una nevera y no he sido capaz de encontrarla.

- Eso es porque no tenemos neveras. No nos hacen falta: no hay bacterias en este planeta, nada se corrompe. Por eso el portal que hemos utilizado incorporaba un desinfectante que impide que nos hayamos traído microbios terrícolas. Sentaos a la mesa, en un segundo os preparo algo en el robot de cocina. ¿Pizza es lo que queréis?

- ¿No tenéis pollo en esta parte de la galaxia? –preguntó A.

- No, pero sí una ave parecida con sabor similar, mucho mejor para mi gusto -aclaró Gandulfo con cierto orgullo nacionalista planetario- ¿Prefieres muslo o pechuga?

- Muslo.

- Bien, pues un muslo y una pizza marchando. ¿De beber os vale una bebida espumosa parecida a la cerveza?

- ¿Tiene alcohol?

- El alcohol es una basura al lado de lo que contiene la más popular de nuestras bebidas: produce una euforia mil veces superior, pero sin hacerte perder habilidades ni conllevar resaca.

- ¡Pues quiero una jarra bien grande y muy fresquita! -solicité entusiasmado- Ah, no, que no tenéis neveras...

- No te preocupes- comentó mientras se dirigía hacia la cocina- la jarra en la que te la serviré incorpora un regulador térmico instantáneo a tu gusto, desde la ebullición a la congelación. Tú gradúas según tu capricho la temperatura de los líquidos. Aquí no nos dedicamos a soplar los cafés para que se enfríen ni a meter las jarras en el congelador una hora antes para que estén fresquitas, esa es una tecnología muy primitiva, esto es otro nivel: no en vano somos la civilización más avanzada del universo.

- Mucho progreso, pero qué tacaño –me comentó A., en voz baja, cuando se hubo alejado Gandulfo-. Sólo nos va a ofrecer “un” triste muslo y “una” solitaria pizza.

No había acabado de pronunciar esas palabras cuando apareció de vuelta G. acompañado de un robot que portaba múltiples bandejas con nuestra comida. Gandulfo sirvió a la mesa tres jarras -de esas mágicas- acompañadas de una especie de independientes grifos como los de los bares, pero wifi, (no se veía conectado a ningún barril) del que salía la bebida espumosa que nos recomendó.

Sacó de una bandeja inferior una pizza de casi un metro de diámetro que colocó en mi plato, el cual era de un material similar al mármol blanco pero más ligero. A continuación destapó la bandeja de la parte superior que contenía un apetecible muslo de ave del tamaño de mi pierna. Él se sirvió una especie de ensalada multicolor bastante exótica y nos pusimos los tres a comer sin demora. En cuanto a la cubertería, los cuchillos eran similares a los terrícolas aunque hechos de un mineral que parecía diamante. El tenedor, del mismo material casi transparente, en vez de forma de horca tenía la púa central fuera de la línea de las otras dos, es decir: parecía casi un pequeño trípode en su extremo. Se trataba de un cubierto inteligente que al sentir una leve presión hacia abajo producía un efecto de garra prensil sobre el alimento, que una vez dentro de la boca se liberaba oportuna y automáticamente sin intervención del usuario. Igual que el cuchillo, que una vez sentía que ejercías fuerza para cortar se activaba una fina e incisiva sierra automática hasta que casi llegaba a contactar con el plato sin llegar nunca a hacerlo.

La “pizza” sabía sabrosísima, aunque no podría decir la composición de sus variados ingredientes. Una textura deliciosa y una explosión de diversos sabores que combinaban mágicamente, haciéndome relamerme a cada instante, instantes solo interrumpidos por los sorbidos a aquella delicada ambrosía helada -a mitad de camino entre la cerveza y el cava- con un potentísimo sabor característico que debía proceder de la sustancia paraetílica que incorporase, que según me contó Gandulfo no creaba adicción ni efectos secundarios. Me serví una segunda jarra, y eso que hacía más de un litro de capacidad cada una.

- Demonios, está delicioso, menos mal que este planeta tiene menor gravedad, porque me voy a poner hecho una foca.

- Descuida, Sancho –me explicó Gandulfo- me he tomado la libertad de prepararte la “pizza adelgazante” porque, no es por ofender, pero te visto algo pasado de peso, lo cual te delataría, ya que aquí no existen personas con sobrepeso.

- ¿Esto es adelgazante? – pregunté señalando la enorme porción triangular que me acababa de cortar con el láser ad hoc-. Bromeas, sin duda.

- En concreto la he programado para que pierdas tres kilos y medio. No bromeo, ya lo verás tú mismo. Discúlpame, ya sé que esa pizza no es tan sabrosa como las de altos contenidos calóricos, pero considero que te vendrá bien bajar de peso para poder pasar desapercibido.

- No puedo creer que exista en el universo otra pizza más rica que esta. Decidido: me pongo a dieta. ¿Pero... y la bebida?

- Lo siento, con ella apenas perderás un kilo por cada litro que bebas.

Al día siguiente amanecí en mi peso ideal, sin ardores ni resaca, dispuesto a explorar por vez primera el Planeta Q.

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