13 de agosto de 2010

[Capítulo 7] Una revelación, dos plenilunios y tres pipas



Aquella noche, al regresar de la playa, cenamos frugalmente: apenas unas docenas de «langosquinos», que es el nombre con el que bautizamos a una especie de langostinos enormes y sabrosísimos que -a diferencia de los terrícolas- no me provocan gravísimas reacciones alérgicas. 

Eso acompañado de un «qazpacho»: un gazpacho típico de vegetales de aquel planeta, que no se repite. 

Y de postre unas deliciosas frutas a las que también rebautizamos como «quiruelas», que eran básicamente como unas ciruelas muy dulces del tamaño de un melón.

Terminada la cena Gandulfo nos dijo que iba a salir al porche a fumarse una pipa aprovechando la agradable noche, mientras un simpático robot recogía la mesa y fregaba los platos.

- ¿Pero aquí también se fuma?– pregunté sorprendido.

- No lo hago a menudo, pero de vez en cuando me apetece y va bien para limpiar los pulmones.

- ¿Que va bien para limpiar los pulmones? –exclamé incrédulo- ¡Venga ya, me estás vacilando!

- En absoluto, Sancho, nuestro «tabaco» está modificado para no crear adicción y para fortalecer los alveolos pulmonares.

- ¡Con lo que me costó dejar de fumar y lo que me gustaba!- protesté- ¿Oye, no tendrás otra pipa por ahí para mí?

- No, pero te la consigo en seguida. ¿Tú también quieres una, Aquilino?

- ¡Por supuesto!

Acompañamos a Gandulfo hasta la estancia de la casa que él denominó “la habitación mágica”. Antes de llegar chasqueó los dedos y nos vimos inmersos en un mundo virtual, una especie de internet gigante que nos rodeaba en tres dimensiones. Se introdujo -manoteando en el aire- en una especie de tienda virtual y nos mostró varios modelos de pipas.

- ¿Cuál os gusta?

- Esa misma, la de color más oscuro– elegí yo señalando con el dedo.

- La de forma de cráter volcánico –pidió A.

Las seleccionó y le dio a «imprimir».

En ese momento en la puerta de la habitación mágica se encendió una luz roja, que inmediatamente cambió a verde.

- Ya está, puedes recogerlas.

Entré en la habitación «mágica» y efectivamente, ante mi asombro, allí estaban materializadas las dos pipas elegidas.

- Pero esto es maravilloso –afirmé emocionado- ¿Puedes conseguir cigarrillos también?

- Claro, todo lo que queráis. ¿De dónde crees que traigo la comida tan velozmente? Todo lo conseguimos con esta máquina, que te «imprime» lo que quieras en esa habitación, comida cocinada o lo que sea. Cualquier cosa se puede descargar e imprimir desde aquí.

- Pero será carísimo– opuse, por imaginar alguna pega.

- Aquí no existe el dinero ni nada similar, cada uno puede bajarse lo que desee sin más límite que el propio sentido común.

- ¿Ah, sí, seguro? –reté a Gandulfo.

- Claro, prueba.

- Pues imprímeme ahora mismo doce cartones de Winston.

Se metió en un menú de tabacos y me enseñó unas cajetillas que me dijo que eran parecidas a las del Winston terrícola, pero sin ser nocivas ni adictivas, además de tratarse de un tabaco más aromático.

- Eso valdrá– aprobé encantado-. Oye, pídeme también un mechero.

- ¿Las cajetillas las quieres extra saludables o normales?

- Normales me vale.

En un instante entré en la habitación y allí me aguardaba ya la docena de cartones de «Qinston».

- Yo no sé tú, Aquilino, pero si he de abandonar alguna vez este planeta van a tener que enviar a los GEOS a hacerlo, yo de aquí no pienso moverme- afirmé mientras abría ansiosamente un paquete de tabaco.

Me llevé un cigarro a los labios y aspiré un par de caladas tan intensas que sentí un ligero pero agradable mareo.

Aquilino también prendió uno con deleite, porque aunque él era inmortal -y le daba igual lo perjudicial del tabaco terrícola- había dejado de fumar por la incómoda dependencia que ello le provocaba; además el sabor de estos cigarrillos era muy superior a todo lo que habíamos probado antes y no amarilleaba los dedos.

Salimos los tres a fumar al porche. Gandulfo se encendió una pipa que desprendía un seductor aroma que me recordó a las mejores labores holandesas. A. y yo cargamos también nuestras pipas gozando aquella experiencia, lanzando a aquella atmósfera tan rica en oxígeno felices volutas de saludable humo mientras curábamos nuestros pulmones.

Qué noche más hermosa. Las estrellas se distinguían con una claridad jamás antes observada por mí, pese a que dos de las tres lunas estaban llenas. Qué lujo contemplar un cielo estrellado de constelaciones nuevas, aquella bóveda nocturna tan igual y tan distinta, tan cercana y tan distante. El cielo despejado de nubes, sin humos contaminantes y sin potentes luces de ciudades que mengüen su esplendor, musicalizada con el grato sonido de una especie de melodiosos grillos embelesadores, la suave brisa, la débil gravedad, aquel tabaco mágico y esos dos nuevos amigos «divinos». Me sentí plenamente dichoso y privilegiado, con una excitación infantil ante aquel maravilloso mundo que no hacía sino llevarme de sorpresa en sorpresa, sobrepasando constantemente los umbrales del placer, trayendo a cada momento promesas nuevas de felicidad sin fin, abrumado por una dicha sobreabundante.

- Oye, G. –le dije en plena euforia- ¿Y de este internet raro que tenéis vosotros no podrías descargarme a una «domis» de esas?

- Buen intento, Sancho, pero no será necesario. Tienes «domis» reales con las que puedes ligar sin dificultad. Ten en cuenta que aquí son infrecuentes las parejas estables y el sexo es una de nuestras actividades preferidas, ya que no hay religión que lo limite, censure o prohíba; es más bien al contrario. Además, al no existir enfermedades de transmisión sexual ni embarazos no deseados estamos acostumbrados a la promiscuidad, que aquí es norma e incluso virtud.

- ¿No existen embarazos no deseados?- preguntó Aquilino con curiosidad.

- No, aquí la píldora no se toma para impedir los embarazos: si quieres ser fértil has de tomar expresamente unas píldoras para ello: nuestras mujeres no tienen el periodo, están “desactivadas” para la procreación por defecto.

- No puede ser cierto, todo esto parece un sueño –observé-. Pero aún así... no se me da muy bien eso de ligar, soy algo tímido y torpe con las chicas.

- Aquí está fuera de lugar la timidez, Sancho, créeme: te relacionarás sin problemas. De todos modos –sugirió-, yo en cuanto acabe de fumar voy a conectarme a un mundo virtual, donde he conocido a una mujer estupenda con la que he quedado esta noche. Con eso no tendrás problemas, podrás conocer a alguien conectándote a un entorno virtual y ahí no hay timidez que valga, porque aunque la experiencia sensorial será idéntica a una real, físicamente estarás aquí flotando sin gravedad mientras te mueves por ese entorno, será como en un chat terrícola.

- ¿Un mundo virtual que se siente como la misma realidad? – inquirió Aquilino- ¿Cómo es posible?

- Ahora os doy las pastillas que os instalarán los sensores en el cerebro. Mañana, una vez estén fijados en su sitio, os podréis conectar a esos espacios exactamente como si estuvieseis allí, sintiéndolo todo de modo idéntico a la realidad: si os acarician lo sentiréis de verdad, si practicáis sexo tendréis una eyaculación real, os aviso: así que no olvidéis usar después las toallitas que a tal efecto están en las cabinas insonorizadas de conexión.

Dicho lo cual Gandulfo nos dio las buenas noches, nos proporcionó las pastillas que necesitábamos para conectar nuestros cerebros con los entornos virtuales y se introdujo en la casa para acudir a su cita cibernética.

Aquilino y yo nos quedamos acabando las pipas cómodamente sentados en las mecedoras del porche, admirando la noche. Aproveché aquel momento de grata intimidad para formularle a A. la pregunta que me venía reconcomiendo desde que nos fuimos de la playa:

- Oye, no pude evitar esta tarde escucharos cuando me creíais dormido. ¿Qué es eso de lo que hablaba G. de lo que nos espera tras la muerte?

- Si hablábamos en voz baja es precisamente porque no debes conocer esa información, Sancho- objetó Aquilino incómodo.

- ¡Vamos! Por lo que pude deducir de lo que escuché no son malas noticias, ¿qué daño puede hacerme?

- No sé qué daño podría causarte, pero sería quebrantar las reglas, jugar con trampa.

- Claro, como tú has hecho– le reproché, molesto por mi desventaja.

- Ya tienes más datos que el resto de los mortales, sabes que más allá de la muerte nos espera algo y que ese algo es bueno: estás mucho mejor informado que cualquier otra persona que sólo puede cobijarse bajo una débil fe sin ninguna base.

- ¿Pero cómo es, existe un cielo?

Aquilino apuró la última calada de su pipa y guardó un pensativo silencio que prolongó mi agonía de saber, mis ansias de agarrarme a una certeza que le diera sentido a la vida. Finalmente explicó:

- Te aseguro que es mejor de lo que puedas imaginar, pero no puedo darte detalles de momento, porque pondría en peligro tu posibilidad de llegar allí, ya que no todos llegan. También existe un «infierno» que es infinitamente peor que el que nos muestra la iconografía tradicional cristiana: ya lo descubrirás por ti mismo en su momento... espero que sea el «cielo».

Reconfortado por esta privilegiada revelación, aunque lleno aún de nuevos interrogantes, me dirigí feliz a mi «cubículo de Morfeo» donde me esperaban nuevas emociones en toda una larga noche por delante para materializar mis fantasías mediante los sueños lúcidos.

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