12 de agosto de 2010

[Capítulo 8] Q-Floïd y el flashback



Estoy en mi apartamento terrícola madrileño, sentado en el sofá frente a la tele, ansioso porque en unos minutos va a comenzar la final de la Champions League de fútbol y mi equipo, el F.C. Barcelona, es uno de los finalistas. 

Llaman al timbre. Me levanto a abrir a quien debe ser el repartidor del Telepizza, pero sorpresivamente a quien encuentro al abrir la puerta es a Marta.

Me pregunta que dónde he estado todo este tiempo desde que desaparecí del psiquiátrico, que había intentado localizarme infructuosamente, que me llamó un montón de veces al móvil y siempre le salía la locución de que estaba apagado o fuera de cobertura.

Me excuso diciendo que he estado en el extranjero de vacaciones, un circuito de tres semanas por Italia, y que me dejé el móvil apagado en casa.

Entonces, apenada y claramente arrepentida, me dice que quiere que volvamos, que ha sido un absurdo error cortar conmigo.

Le sugiero que vuelva otro día y lo hablemos, porque ahora va a empezar el partido y no quiero «aburrirte» (mientras lo dije escenifiqué el fastidioso gesto de las comillas con los dedos, con malvado retorcimiento).

Me asegura que le encantaría quedarse conmigo a ver la final, porque está convencida de que va a ganar el Barça. Se sienta a mi lado en el sofá.

Llega el de la pizza y ella se ocupa de todo, va a la nevera a por un par de cervezas y sirve el refrigerio en la mesita. 
Empieza el partido, pero no consigo distinguir qué equipo es nuestro rival.

Noto que el sueño empieza a tornarse confuso y a evaporarse y sigo mi rústico método terrícola para impedir que desaparezca la lucidez: giro velozmente sobre mí mismo y entonces vuelve a cobrar vida en mi mente claramente el onírico salón de mi apartamento. Decido que el rival del Barça en la final es la selección brasileña de fútbol del mundial del setenta, con dos huevos. El partido es muy reñido pero el espectacular juego combinativo de los azulgrana anula totalmente a los Gérson, Rivelino, Tostao, Jairzinho, Pelé y compañía. En el último minuto de la prórroga Messi se planta solo ante el guardameta brasileño y le cuela el balón entre las piernas.

Marta, alborozada, me besuquea y abraza. Tras la celebración del título me la llevo en brazos a la cama donde sellamos nuestra reconciliación en una apoteósica velada repleta de virguerías sexuales que el pudor me impide explicitar.

Decido levantarme ya para afrontar mi tercer día de vacaciones en el planeta Q.

Sí, esta noche no ha habido fantasías con mis ídolos sexuales, ni tampoco ensoñaciones vanidosas. Es curioso que teniendo a mi alcance (gracias a la ayuda tecnológica qusiana del control de sueños lúcidos) la satisfacción onírica de cualquier deseo inalcanzable me dedique a fantasear con aquello que ya pude poseer... y perdí. El amor de Marta que, lo quiera o no, se está convirtiendo en la pelotita de goma de mi juventud.

Gandulfo ya me está esperando para desayunar.

Aprovechando que aún no se ha despertado Aquilino –dado que se pone tan insistente con sus bromas acerca de mi presunta homosexualidad- le pregunto a G. por qué hay «domis» mujeres pero no los hay hombres (en cuanto se lo pregunto, y a la vista del look «gandalfiano» de mi interlocutor, no puedo evitar verme a mí mismo como un hobbit cotilla preguntando acerca de los tolkienianos «Ents» femeninos).

Sencillamente porque la versión primera era tan buena que no hubo necesidad de rediseño genético, por eso no hubo excedente divino que compartir con nosotros... ya se sabe que, también en este mundo, los hombres somos criaturas más sencillas.

Vaya, pensaba que la cosa tendría más misteriorespondí decepcionado constatando lo astuto que había sido Tolkien preservando el misterio.

Por cierto, Sancho, yo también tengo una curiosidad... ¿Por qué Aquilino siempre insinúa que eres gay? Aquí eso no sería ningún problema porque casi todos somos bisexuales.

Imagino que lo hace para intentar animarme para que rehaga mi vida sentimental con otra mujer más allá de mi ex, Marta. Oye, y hablando de vida sentimental, ¿qué tal te fue anoche con ese ciberligue tuyo?

Bien, me encuentro muy a gusto cuando estoy con ella, hacía tiempo que no me sentía tan... feliz. Pero lleva unos días empeñada en que nos conozcamos en la vida real.

¿Y qué problema hay?

Pues que tampoco veo la necesidad, si así estoy tan bien con ella, a lo mejor al conocernos con mi aspecto real no le gusto, no lo sé.

La verdad, ahora que lo mencionas, me choca un poco tu fachada, aparentando ser tan joven me sorprende ese largo pelo blanco y esas barbas a juego. No sé qué criterios estéticos rigen en este planeta, pero en todo caso, viéndote a ti (no te me enfades) me parecen, como mínimo, sospechosos.

Ten en cuenta, amigo Sancho, que mi inmortalidad me obliga a ir cambiando frecuentemente de lugar de residencia y de imagen para no ser descubierto, por eso esta vez he elegido estas pintas tan raras.

Pues si vas a quedar con tu cibermoza te sugiero un retocado estético importante.

¿Tú crees? ¿Piensas en algo concreto?

En primer lugar un buen corte de pelo y un afeitado. Y tampoco vendría mal un poco de tinte.

Pero si ya me pongo tinte blanco, yo soy moreno.

Estupendo: pues entonces te quitas el tinte.

Gandulfo chasqueó los dedos y nos envolvió un entorno virtual. Entró en el menú de una peluquería y me dejó elegirle un corte de pelo... ¿Pensaría de verdad que soy gay?

Opté por uno que me pareció mono y en un instante un láser le dejó un perfecto corte y otro haz de luces le devolvió a su cabello su aspecto habitual, moreno. El afeitado ultrasónico también fue instantáneo, sin inferirle ni un maldito corte ni dejarle pelillo alguno más largo en ningún recoveco facial.

— ¡Esto es genial! ¡Yo también quiero!

Con tu nuevo chip ya puedes hacer un uso ilimitado de este invento, sírvete tu mismo.

Me introduje en el menú de la peluquería y en un santiamén me hice un corte de pelo y un afeitado que ni el George Clooney ese, me quedaba de maravilla, especialmente porque desde que me sumergí en las aguas de la playa brotó en mi cabeza una hermosísima mata de pelo que me devolvió a una plena juventud.

El robot doméstico de Gandulfo nos pasó un cepillito-láser para eliminar cualquier resto de pelos y barrió, fregó y pulió el suelo en un periquete. También nos aplicó suavemente una loción para después del afeitado cuyo olor me recordó mucho al del after shave Floïd que yo usaba en La Tierra hasta que Marta me obligó a dejarlo alegando que «olía a viejo y apestaba». ¡Ja! Aquí está la prueba de mi buen gusto y de lo errada que estaba ella: en esta civilización tan avanzada la loción huele como mi Floïd. ¡Y seguro que también tienen una colonia como la «Varon Dandy»!

En ese momento apareció Aquilino, que se nos quedó mirando muy extrañado, especialmente a G., a quien le dijo:

No sé a santo de qué viene tu cambio de aspecto, pero definitivamente me gusta. ¿Qué tenemos hoy para desayunar?

Ya estáis habilitados para usar este cacharro a vuestro antojo, servíos vosotros mismosnos invitó Gandulfo.

Estuve cotilleando entre las múltiples opciones de desayunos. Me apetecía algo dulce y encontré unos bollos parecidos a los donuts, aunque eran casi el triple de grandes que los terrícolas y con el agujero más pequeño. Me pedí media docena con azúcar y otros seis con chocolate, al parecer adelgazaban bastante. El envidioso de A. también encargó una docena de «Qonuts», pero más surtidos: de coco, canela, chocolate blanco, etc.

Gandulfo raramente se apeaba de sus churros.

Acabamos de zampar, aunque Aquilino no consiguió acabar con el último «qonut» de coco, así que tuve que sacrificarme y comérmelo yo.

Lo que sucedió a continuación no sé explicarlo bien, fue bastante extraño. De repente desapareció A., Gandulfo volvía a lucir su aspecto «gandalfiano» y yo mismo toqué mi pelo, comprobando que lo tenía otra vez más largo y sin mi nuevo peinado.

G. me estaba diciendo:

Sencillamente porque la versión primera era tan buena que no hubo necesidad de rediseño genético, por eso no hubo excedente divino que compartir con nosotros... ya se sabe que, también en este mundo, los hombres somos criaturas más sencillas.

Oye, G. esto se está poniendo muy raro, acabo de tener el «déjà vu» más grande de mi vida, esta conversación la hemos tenido hace un rato con estas mismas palabras y nuestros magníficos cortes de pelo han desaparecido...

Ah, sí, es cierto, ha vuelto a pasar, olvidé mencionarlo.

¿Mencionar el qué?

Lo de los «flashbacks», es algo inquietante. Sucede de vez en cuando, con una frecuencia imposible de predecir: de repente cambia el eje de rotación del planeta y damos un pequeño salto hacia atrás en el tiempo. Y lo que es peor, según donde quede nuestra posición geográfica respecto al eje de rotación lo mismo pasamos de este maravilloso verano que disfrutábamos a un frío invierno.

- Mierda, me gustaba mi corte de pelo... y tengo hambre  otra vez aunque acabamos de desayunar.

Volvimos a cambiar nuestro aspecto repitiendo los mismos pasos anteriores y vimos a Aquilino levantarse por segunda vez y observamos cómo nos miraba con asombro y le decía a G:

No sé a santo de qué viene tu cambio de aspecto, pero definitivamente me gusta. ¿Qué tenemos hoy para desayunar? Oye, ¿estoy teniendo un «déjà vu» o he soñado con que os habíais hecho esos mismos cambios de look?

Es un gran «déjà vu».

Gandulfo le explicó lo de los flashbacks qusianos.

Volvimos a desayunar, por segunda vez, como los hobbits y como buen funcionario que soy. Esta vez con el café con leche pedí una docena de porras -como G.- y convencí a Aquilino para que no se pidiese el «qonut» de coco que sabía que no se comería.

No hay comentarios:

Publicar un comentario