11 de agosto de 2010

[Capítulo 9] La ordalía basca



Aquella extraña mañana de la tercera jornada vacacional extraterrestre, después de nuestro segundo desayuno, recibimos una pequeña lección de historia qusiana a cargo de nuestro anfitrión.
Nos la contó de un modo apasionado, pero también apoyado en su fantástica tecnología inmersiva, con virgueros gráficos, fotografías y vídeos interactivos tridimensionales envolventes que aparecieron con sólo chasquear los dedos y entrar en un portal de Historia.
Resulta que el Gran Continente en el que ahora vivíamos fue el último de los tres del planeta en ser habitado. En el continente del Norte vivían los «Umas» y en el Austral los «Nosos» con sus narices invertidas.
Estas dos razas, incompatibles entre sí para la procreación, vivían aisladas sin apenas intercambios comerciales y a menudo se declaraban la guerra, pero dado que ambos continentes estaban separados por mar, las batallas solían ser poco más que escaramuzas navales. Jamás llegaron, una vez hubo avanzado la tecnología, a bombardearse con aviones o misiles y llevan ya centenares de años en paz.
Unos siglos atrás, cuando la navegación marítima avanzó, comenzaron las grandes expediciones para circundar el planeta. Fue entonces cuando unas naves del continente Norte se toparon con el deshabitado Gran Continente, unas tierras fértiles e inmensas.
Enterados los del continente Austral se apresuraron en preparar enormes flotas para llegar ellos también a aquel nuevo lugar.
De manera que los «Umas» fueron colonizando el norte del Gran Continente en tanto que los «Nosos» se expandieron por la parte sur. El problema surgió cuando al fin se encontraron en la zona central y hubieron de compartir por vez primera una frontera terrestre. Allí sí llegaron a sucederse batallas sangrientas.
Unos centenares de años después aquellas nuevas tierras decidieron independizarse de sus continentes primigenios y formar una única unidad nacional donde todos vivirían en igualdad de condiciones.

-Con el transcurso de los siglos –nos explicaba el profe Gandulfo– este ha llegado a ser, como veis, un lugar idílico, mientras que quienes han permanecido en los antiguos continentes viven con mucho atraso respecto a nosotros, encerrados en sus tradiciones y sus gobiernos fuertes sin verdadera democracia ni reparto de poder. En el Gran Continente hemos llegado a una riqueza plena, donde todos tenemos lo que queremos y seguramente eso fue gracias a que en su día supimos poner fin a los abusos de las clases dominantes. No lo conseguimos con la primera revolución sangrienta en la era de las grandes insurrecciones, pero sí de un modo definitivo se consolidó en la segunda revolución, la de la desobediencia civil activa y permanente, cuando sacamos todo el dinero de los bancos, dejamos de consumir los productos de todas aquellas empresas que explotaban a los trabajadores, dimos la espalda a la prensa perteneciente a las grandes corporaciones, prácticamente toda, la gente comenzó a autoabastecerse y a practicar trueques y una larga serie de medidas con las que pusimos de rodillas a los poderosos que tuvieron que empezar a ceder y compartir la riqueza, proceso que una vez comenzó no hubo manera de detener, pese a sus notables esfuerzos por intentar perpetuar el antiguo sistema corporativo. Y así hemos llegado a la situación actual, con un gobierno mínimo pero totalmente democrático y con una legislación sencilla, pero a prueba de abusos y trampas a todos los niveles, plagada de mecanismos de defensa.
La revolución científica y tecnológica resultó fundamental para poder llegar a este punto. De hecho el capitalismo salvaje, como el que ahora padecéis en La Tierra, quizá sea un mal paso, pero posiblemente necesario –o al menos acelerador- para acabar llegando a una situación como la nuestra, porque gracias a él y a los excedentes que genera vosotros también os encontráis en plena revolución científico-técnica.
Me quedé muy pensativo siguiendo atentamente las palabras de G. y las reflexiones que me iban sugiriendo.
—Debéis saber —continuó Gandulfo— que en los otros dos continentes aún existen ricos y pobres, aunque las diferencias no son tan brutales y escandalosas como en La Tierra, ni mucho menos. De hecho los que eran los pobres de allí fueron emigrando a nuestras tierras a lo largo de los años, normal: nadie quiere ser un paria ni pasar penalidades. Aquí se acepta a todo el mundo, de hecho no tenemos carnets ni pasaportes ni nada parecido a lo que usáis en vuestro planeta. Ni siquiera una policía ni un ejército, que serían totalmente innecesarios en este lugar.
—Todo parece demasiado idílico —intervine incrédulo—. Algún pero habrá.
—Sí, lo de las nubes que caen de repente y los imprevisibles flashbacks. Por lo demás aquí trabaja todo el que quiere, en lo que desee, pero siempre en beneficio de la comunidad, y a cambio recibe de ella cuanto pueda desear —prosiguió G.— y nuestros horarios laborales son bastante decentes.
— ¿Qué horarios son esos?
— Salvo en los servicios esenciales y especiales el horario laboral suele ser como el de las escuelas: tres horas al día tres días a la semana.
—Vaya, eso no está nada mal— intervino Aquilino.
—Especialmente si tenemos en cuenta que nuestra semana tiene diez días— remató Gandulfo.
— ¿Y las vacaciones? ­—pregunté yo con cierta curiosidad por saber si en otros planetas conocían el civilizado concepto «asuntos propios».
—Pues sin contar con las cuarenta festividades continentales tenemos medio año de vacaciones, como los estudiantes. Pero constantemente se van reduciendo las jornadas, ya que la automatización de tareas ejecutadas por los robots avanza constantemente y cada vez va siendo más prescindible la labor humana.
—Caray, Aquilino —le aseguré— insisto: de este planeta no me sacan ni los GEOS.
G. se extendió con algunas explicaciones más hasta que la gazuza nos distrajo, así que se impuso un piscolabis y sugerí a Gandulfo, dejándome llevar por mis impulsos caprichosos, que tomásemos un Martini terrícola, con alcohol y todo.
G. objetó a propósito de los perjuicios del alcohol para la salud, sobre las resacas y lo tóxico que todo ello era para el cuerpo humano, habiendo en su planeta sabrosos licores que podrían darnos un optimo punto de embriaguez lúcida sin efectos adversos, pero finalmente le convencí... en maldita la hora.
Y es que, por lo que se ve, estos tipos no saben beber. Después de varias copas empezaron a desvariar mucho y lo que hicieron a continuación llegó a dolerme, no tanto físicamente – ¡que también! – sino emocionalmente.
Ya me sentó muy mal esa complicidad surgida entre los dos hermanastros nada más conocerse, cuando yo llevaba un tiempo siendo amigo de Aquilino. El día que se descojonaron de mí cuando les dije lo del OVNI lo sentí como una auténtica puñalada, pero esto fue mucho peor.
En un momento dado A. empezó a juguetear con una mini sierra eléctrica de mano que no sé de dónde sacó. Dijo, entre grandes risotadas etílicas, que necesitaba cortarse las uñas. Y lo hizo... pero llevándose trozos de sus dedos también.
Empezó  con el dedo índice de su mano izquierda y al ver caer el trozo de dedo sobre la mesa, salpicado con salsa de sangre, no podía parar de reír estúpidamente. Risa que rápidamente se le contagió a Gandulfo, mientras yo les contemplaba horrorizado.
—Dame eso, que estás muy borracho y te vas a lastimar gravemente— le ordené a Aquilino.
—No dámelo a mí, que también he de cortarme las uñas— intervino G.
Ignorándome por completo A. le pasó la mini sierra a Gandulfo, el cual se cortó también un dedo ante las risotadas de su hermanastro y mi histeria a la vista del festival de sangre y miembros amputados.
Los dos me miraban y se reían de mi expresión de terror así como de mis –tímidos- intentos por quitarles la mini sierra.
—Te has dejado esa uña muy larga– le dijo G. a Aquilino con voz alcoholizada.
Le acercó la sierrecita al dedo y se lo amputó de raíz, lo cual le pareció muy gracioso al afectado. A su vez Gandulfo volvió a cercenarse otro dedo y salió tal chorro de sangre que me salpicó en la cara, lo cual celebraron los dos borrachuzos con enormes carcajadas.
Ya me estaba poniendo demasiado nervioso ante aquel lamentable espectáculo gore, y según aumentaba mi ansiedad y nerviosismo se incrementaban las risas de los amputados.
Me armé de valor para intentar arrebatarle a Gandulfo la mini sierra, pero él realizó un brusco movimiento de rechazo que acabó seccionándome el dedo pulgar de mi mano derecha.
Entonces comencé a gritar y a insultarles, realmente atacado por una crisis nerviosa. Empezaron a revolcarse por el suelo de risa. La celebración de mi amputación por parte de Aquilino fue tan escandalosa que las risas sólo fueron finalmente apagadas cuando le sobrevinieron unas arcadas que acabaron en copiosos vómitos.
A Gandulfo le dio mucho asco y empezó a vomitar también. Yo estaba a punto de desmayarme por la impresión de ver mi dedo amputado cual surtidor de sangre que no paraba y con todo aquello lleno de fluidas inmundicias.
Gandulfo y Aquilino entonces vinieron a consolarme y a decirme que era una broma, que no pasaba nada, que sólo querían ver mi cara de terror, que eran semidioses y que en seguida les crecerían nuevos dedos.
- ¡Joder, pero yo no soy un puto semidiós y no me crecerá mi maldito dedo como las colas a las lagartijas! –les grité colérico.
- Pfff, es verdad —dijo Gandulfo riéndose de nuevo— qué fallo, ha sido sin querer, ya lo sabes.
Lo miré con cara de odio extremo y entonces intentó chasquear los dedos, sin éxito, porque se había amputado el pulgar derecho (lo cual le provocó otras risotadas alcohólicas), así que con uno de los dedos supervivientes oprimió un botón bajo la mesa y entonces nos envolvió un entorno virtual, entrando en un portal hospitalario que inmediatamente aplicó unos rayos sobre mi pulgar, deteniendo la hemorragia y cauterizando la herida. Un chorro líquido regó la zona, de la que mágicamente comenzó a brotar un nuevo dedo como el que perdí.
Asombrado recogí del suelo mi dedo pulgar seccionado y lo comparé con el nuevo: las huellas dactilares eran idénticas, mi nuevo pulgar, que lucía flamante al extremo de mi mano era tan exactamente tridelto como el antiguo.
Los dedos de A. y G. crecieron también, pero sin necesidad de aplicarles ninguna medicina del Hospital virtual.
El robot vino a limpiar aquella orgía de sangre y vómito y le recomendé a los bromistas semi-divinos que se fueran a dormir la mona, lo cual hicieron sin protestar, mientras yo me salía al porche a fumarme una pipa en la mecedora.

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