10 de agosto de 2010

[Capítulo 10] Del porche a la azotea

El suave vaivén de la mecedora y los efectos relajantes de la pipa consiguieron tranquilizarme tras la pesada broma inferida por mis nuevos amigos inmortales.

Mientras ellos se recuperaban de la borrachera yo me puse a divagar, recordando mi infancia, como suelo hacer cuando paso por un mal trago: me refugio en los buenos tiempos.

Y por los «buenos tiempos» entiendo aquel periodo de mi vida anterior a las desgracias, las muertes y el abandono, aquel verano frente al Peñón de Gibraltar.

Es curioso, porque cuando aprobé la oposición y obtuve mi primer destino en un juzgado malagueño no pude resistir la tentación de volver allí para visitar aquel pueblo andaluz en el que fui tan feliz años atrás durante el curso en el que hice mi primera comunión.

Un fin de semana me decidí finalmente a partir hacia San Roque, a revisitar aquella geografía de mi infancia.

Fue una curiosa experiencia, por un lado conseguías estimular recuerdos y resultaba placentero comprobar que aquello apenas había cambiado, pero por otro lado te sentías decepcionado porque el escenario continuaba allí, pero no las emociones pretéritas, ni siquiera el redescubrir los olores te devolvía al exacto sentimiento primitivo anhelado.

Aún así me resultó agradable ver de nuevo por fuera aquella casa tan grande, el lugar de mis andanzas, la explanada junto a la plaza de toros en la que aprendí a jugar al fútbol vistiendo por vez primera la camiseta del Fútbol Club Barcelona que inocentemente mi madre me compró para Reyes «Porque no quedaban del Real Madrid», ignorando –ante el asombro y cabreo de mi padre- que acababa de contribuir al nacimiento de un culé, aunque el equipo que a mí me gustaba entonces cuando veía los partidos por la tele era el Athletic de Bilbao.

Recorrí de nuevo aquella curva con su eterna gravilla en la que derrapábamos con las bicicletas.

En el caminillo de arena que salía de la curva continuaban estando aquellas viejas chumberas de las que obteníamos -con la ayuda de un palo y cargados de precaución- nuestros higos gratuitos, aunque en la puerta del cine había un señor con un carrito -y con las manos destrozadas- que ya te los vendía hasta pelados por una peseta cada chumbo.

Anduve aquel camino hacia la playa en el que nos parábamos a recoger caracoles cuando se presentaba la ocasión. Recordé aquel lugar en el que papá detuvo el coche una vez que iba con Óscar y conmigo para recoger a una joven autoestopista extranjera rubia y con los ojos azules:

- No tenéis que contarle esto a mamá, ¿eh?- nos previno papá guiñándonos un ojo. 

Recorrí también aquel pinar al que nos llevaban nuestros padres, el Pinar del Rey, y volví a saborear años después aquellos deliciosos piñones.

La memoria va depurando con el paso del tiempo, desechando lo desagradable y destacando lo positivo, quizá por eso es por lo que guardo tan grato e idealizado recuerdo de aquel último verano con mis padres y con mi hermano Óscar.

Agosto se iba consumiendo, la pelotita de goma quedó atrás -navegando caprichosamente al azar de las olas y las corrientes por algún océano- y se iban acabando los días de poder ir a disfrutar de la playa. La amenaza del inicio del colegio se intuía cual negro nubarrón sobre el horizonte infantil, pero también se aproximaban las fiestas del pueblo.

Al menos este año no tendría que asistir por las tardes a las clases de preparación para la primera comunión, ceremonia que sólo me resultó útil porque gracias a ella conseguí la pelotita de goma, porque desde bien pequeño el catolicismo me parecía una simple mentira pretendidamente compleja. 

Me creía sin problemas hasta lo de los Magos de Oriente, y eso que aquel año había sorprendido a mis padres colocando los juguetes la noche de reyes cuando me levanté para ir al cuarto de baño. El interés nubla el entendimiento, así que a la mañana siguiente cuando contemplé aquellos juguetes y tuve el «déjà vu» respecto a la noche anterior, simplemente me olvidé del asunto y me puse a jugar tan feliz. Pero lo del catolicismo era demasiado para cualquiera, eso del dios uno y trino y la película del espíritu santo, aquello sonaba definitivamente a mentira de las gordas. Esa religión se veía tan complicada, artificial y fea, tan incapacitada para la seducción, que no merecía la pena dejarse engañar por ella.


En aquel tiempo uno de los objetivos más importantes de mi vida consistía en cumplir los ocho años de edad para poder subirme yo solo a los coches de choque, pero aquel año tampoco habría de ser, me faltaban unos largos meses.

Nuestro padre no ganaba un gran sueldo como militar, pero complementaba sus ingresos vendiendo coches y seguros. Se le daba bien, habida cuenta de que llegó a correr como piloto en varios rallyes, lo cual le hacía saber transmitir ese inmenso amor y descomunal pasión que sentía por el mundo del motor y por la velocidad, que como atinadamente afirmaba Aldous Huxley: «Es el único placer genuinamente moderno».

Papá, siempre tan exagerado, había comprado el año anterior un montón de fichas para nuestra atracción ferial favorita: los autos de choque. La feria se acabó, desmontaron la atracción y nos quedaron un puñado de fichas inútiles sin gastar. Papá fue previsor y las guardó para el siguiente año, así que se aproximaban las fechas feriales y ya teníamos nuestras piezas excedentes preparadas y la ansiedad infantil por gastarlas.

Llegaron las fiestas de San Roque y lo primero que hicimos fue ir a los autos de choque provistos con nuestras viejas fichas.

Mas hete aquí –oh, sorpresa- que las fichas del año anterior no encajaban bien en los coches de este año, al ir a introducir la primera de ellas se quedó atascada en la ranura y ni entraba ni salía. Lo mejor fue que, mágica e inesperadamente, el coche se puso en marcha con su ficha atascada y no sólo eso, sino que cada vez que la atracción se ponía en marcha el auto volvía a funcionar con aquella única ficha encajada. Lo único que hubo que hacer para pasar unas agradables horas de diversión ferial fue simular en cada pausa que llevábamos una nueva ficha a la ranura y luego deslizar y esconder la ficha mostrada tras los dedos corazón, anular y meñique para regresarla al bolsillo con disimulo.

Qué gozada poder tener toda aquella diversión gratis.

Y fue precisamente en aquellos días de feria cuando la dama de la guadaña vino en busca de mi hermano Óscar y esta vez venía acompañada por el hijo del diablo: aquel cabroncete al que llamábamos «Quinito».

Sus padres y los nuestros estaban en el casino militar aquella tarde. Nosotros tres jugábamos en el patio trasero hasta que, aburridos, Quinito propuso ir a la azotea del edificio, aquella a la que subíamos a ver el cine.

En la azotea había un murito que protegía la cornisa que daba al abismo.

Quinito nos retó a saltar el pequeño muro protector y asomarnos al borde. Óscar y yo ya lo habíamos hecho alguna vez, así que para decepción de nuestro amigo saltamos temerariamente y nos asomamos sin problema, acción que él no fue capaz de secundar pese a nuestras reiteradas invitaciones.

Seguramente molesto por haber quedado ante nosotros como un gallina reaccionó de un modo inesperado: cuando yo regresé tras saltar el muro, él empezó a retar a mi hermano pequeño para que saltara desde lo alto del edificio.

Le hablaba de un modo malvado, intentando persuadirlo, poniendo todo su interés en convencerlo, embrujándolo con su palabrería como hacía el mago Saruman de Isengard de «El señor de los anillos».

Al principio no fui capaz de reaccionar, pero en cuanto vi a Óscar picado y dubitativo, empecé a gritarle que no le hiciera caso.

- Venga -insistía el malvado Joaquín, mayor que nosotros- no seas gallina, si tu padre se tira desde los aviones y nunca le ha pasado nada y eso que está mucho más alto.

- No le hagas caso, papá se tira con un paracaídas –grité nervioso- por eso no le pasa nada. ¡Vuelve aquí!

Óscar seguía asomado al abismo pensativo, con aquella cara de loco que ponía a veces cuando estaba absorto.

- ¡Vamos, vuelve aquí y no le hagas ni caso a Quinito!- le repetí, desesperado.

Pero Óscar seguía inmutable en el mismo borde de la cornisa, hipnotizado por el lejano suelo, como calibrando sus posibilidades con el pobre conocimiento del mundo que le proporcionaban sus cuatro años de edad.

- Venga, Óscar, son sólo cuatro pisos, seguro que no te pasa nada -repetía Quinito - ¡Nunca podrás ser paracaidista como tu padre si tienes tanto miedo!

- Pues si no pasa nada tírate tú- le dije.

- Es que mi padre no es paracaidista...

No sé cómo habría acabado aquello de no ser porque en aquel exacto momento pasó un señor por la calle amenazando a Óscar con llamar a la policía si no se quitaba de ahí, lo cual le sacó de su extraño letargo y le hizo volver de inmediato con nosotros.

Jamás volví a jugar con el pequeño Joaquín después de aquel día. 

Y la muerte no regresó a por mi hermano hasta unos años más tarde, en el momento más inesperado e imprevisible, y con tal virulencia que no hubo manera de escapar de ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario